Es costumbre de muchos decir, mañana será otro día,
Déjalo, mañana más, solo hasta que ese augurio se vuelve hambre
y tus hijos presentan costillas en abanico, cuevas en los mofletes,
y huesudas las rodillas donde antes era alegría.
La alegría protege laberintos usados por la gentuza,
la de siempre, la que esconde sus malicias detrás de la cobardía,
esa que forma jaurías habidas de los umbrales que abren otros,
de atravesar futuros creados con el trabajo y el esfuerzo de los otros,
con el sudor corriéndose por las sienes, empapando las arenas
que abren para la siembra, de los trigos, de las ventanas de sueños,
de las alfombras repletas, alimento de los suyos al encontrar el invierno.
Nunca deseas ya, ese luego, solo temes esa espera que abre los espacios,
trae en su lenguaje mas montañas rusas de la libertad, su propia hamaca
para dormirse sobre la vida ajena, en los sobresaltos que crea, en el dolor,
que torna, en un mito, en prisión, devorando la esperanza y los sueños
en un espasmo de odios a la paz, al ritmo de la vida en su vuelo dorado.
No dejes de soñar en esa voz, la que fuera un día, la de lo imposible,
la que por instinto llevara a la muerte para salvar la vida, desde los reclamos
que gritan sus labios, haciendo yacer a los adversarios en sus propias heces,
volverlos a ver ante los umbrales de su propia muerte, mientras duermen
sueltos junto a los amarres de sus egoísmos.
Viste las nostalgias con ese pan blando, vístete de blanco,
borra la ceniza, la melancolía que pinta tu rostro, llegará ese día
en que las abejas te traigan la miel y el viento les traiga avispas de piedra
que infecten sus almas con su propia hiel.
Chema Muñoz©(29/05/2022)