Hace siglos construimos la armonía,
un pentagrama de líneas negras, a pesar de ese color
la melodía era grata como grato el arco iris,
como aquellas notas blancas diferentes a las negras,
juntas le daban amor al instinto y una caricia dormía
sobre la piel de tu cara y también sobre la mía.
Así fue siendo en la historia, no se vendían miradas,
ni risas, ni carcajadas, no vendíamos el aire, ni las nubes,
ni cubríamos el cielo con la muerte de las balas,
se fusilaba el silencio, se vivía como ratas,
se mataba la inocencia y la inocencia lloraba.
El olvido se hizo mella en los años que nacían,
cuando nacimos nosotros después morir la sal, el azúcar,
después de borrar los astros en nuestra noche estrellada,
echados en los jergones de crines de la yeguada,
otros dormían calientes en los colchones de paja.
Hoy los abuelos se fueron mucho antes
que fuera lo acostumbrado, sin ese último beso
sin ese último abrazo, se nos llevaron historias,
sus cuentos que fueron nuestros duermen hoy en los osarios.
La luna no cambia nunca siempre está en cuarto menguante,
como si fuera el aviso para huir de los mangantes,
¡que quieren robar la luna abuelo!, pero tú no te levantes
que la voz que fuera un día volverá con más semblante,
con ojos de centinela, con trompa de un elefante, con las garras
del león que bordaron nuestras madres de oro en el estandarte
color del sol en el cielo y el rojo de nuestra sangre para defender la casa
colgado sobre la puerta para ahuyentar a cobardes.
Abuelo no te levantes que será luna creciente
la que ayer fuera menguante, y vendrá la primavera y tu recuerdo constante, tus cuentos en la voz de nuestros hijos, tu herencia hará historia
cuando nos paguen el dolor, cuando devuelvan los sueños.
Chema Muñoz © 31/05/2022