Ya sé la voz que deseo, la voz que dan las montañas,
el rugir de aquel león en la pradera de España,
ese sonido que daban al saltar de árbol en árbol
las ardillas sin rozarse por los suelos desde el sur
hasta los nortes de Francia, el de los toros mugiendo
en libertad entre zarzas y olivos andaluces
o también por Salamanca, los gritos que dio Cervantes
en Lepanto en sus barcazas con la bandera en el brazo
que le dejo una bombarda, la carga contra la muerte
del regimiento de Alcántara, la voz del empecinado
en las islas filipinas presentando la batalla,
los de alegría de aquellos al tocar tierras lejanas,
Agustina de Aragón gritándole a los franceses
¡marchaos fuera de España!
Allá en la historia antigua los gritos que dio Viriato
luchando contra soldados de las Legiones romanas,
quiero tener la voz que gritó
y aun que grita por lo nuestro.
Plutarco, Apiano de Alejandría, la defensa de Astapa,
Gritos y voz de defensa como hubo en Intercatia
donde cientos de Vacceos luchan para deshacerse
de enemigos de Numancia.
Cristo aún no había venido de la mano de su padre
y se oía ya la voz precursora de lo justo
por los límites de Iberia, por sus ríos y sus valles rechazando a voz y a gritos la represión a quien nace del favor de los que siempre saben defender sus calles, el derecho a vivir libres regando de libertad en esta piel de toro que es nuestra casa y de todos los que se acerquen en paz.
El mundo lleva aún escrito en las pieles de la historia
la vergüenza de Morayma, de los alcaides que fueron
de Albaicín y de otras plazas en manos de medialuna,
o la frase ya recordada por todos en labios de Aixa
aunque fuerase inventada por un fraile de Guevara,
“llora como una mujer ya que no has sabido defender
tu Reino como un hombre”
palabras que duelen dentro aunque hayan divertido
a la realeza en la estancia de la Alhambra
por el “Suspiro del moro” que está en esta piel de toro
que se fueron diluyendo en lágrimas de Boabdil
entregándonos Granada.
Ya sé la voz que deseo, la voz que dan las montañas,
el rugir de aquel león en las praderas de España.
Chema Muñoz ©