LA VOZ QUE SIEMPRE QUISE – 20 –
La voz que siempre quise no es mi voz, ni la tuya,
ni siquiera el resquicio del graznido de un cuervo,
ni risa de una hiena, ni el quebradizo ruido
de una rama reseca.
Mi voz son esos cantos de las gotas de lluvia
llorando en un quebranto por no llorar en selvas
que estamos deshaciendo, arruinando las vidas
que están muriendo al fuego por manos de un demonio.
Mi voz es testimonio de los que fueron antes,
de los que somos hoy y de los venideros,
es la voz de pedazos de tierra al desaliento,
de sombras, de recuerdos de marcas de ternura,
de los que se han marchado dejando en sus balcones
banderas y el acento de la muerte en las manos
de un cobarde furtivo con la sangre en sus manos,
con su flecha en el alma del gozo hecho añicos.
No me preguntéis cuantas voces, ni cuantas palabras
caben en mi voz, se ensamblan en ella logros sin destreza,
gritos de victoria y todo el material para un poema.
No me preguntéis cuantos sentimientos
ni cuantos lamentos rondan mi cabeza,
se apagan las horas de nuestra nostalgia
y se enciende versos dentro de las manos,
cada mañana es una catarata desde las llamadas
de poetas muertos desde los desiertos,
luces que se apagan y se encienden besos en las almohadas, juego a la pelota con las mil palabras
que me picotean casi a contratiempo por no tener tiempo de gritarlas todas, y se vuelven turbias como aquellas nubes puestas a secar en el tendedero que puso mi madre para desnudar la pila de piedra.
Me grita la hiedra por querer la voz alta
como las montañas y las musarañas me piden consejo de donde esconderse cuando cae la lluvia por sus entrecejos.
La brújula pide donde le escondieron nortes y arco-iris,
por donde se fueron aguas y esos vientos
que no son del pueblo que no arrastran ya,
ni te llevan más hacia ningún puerto.
Pero grita el alma otra vez de nuevo desgarrando
el tiempo, esa libertad que él mimo se lleva como en un relámpago a pesar de todo y a pesar del sol.
La sombra adelanta tras de las esquinas
el terror que cuelga desde los barrotes,
desde las letrinas del trozo de celda que me corresponde,
se oyen los pasos ensordecedores sobre el pavimento
y no oigo mi voz cantando el lamento que
cantan los dioses, desde sus estadios suena la campana, llega ya la noche y mi voz se calla, quiero oír sirenas allá en los silencios desde las espumas del mar en su orilla llorándole al viento.
El sabor a sal dentro de mi boca me corta el aliento
la piel se transforma en corteza de árboles
enterrando muertos con su propia piel, con los pies descalzos, se viene el otoño y el cañaveral me sirve de cuna para descansar.
Y la voz que quise la veis en los campos e imanta fantasmas que son como andrajos dentro del camino,
como la sorpresa de estar en reflejos de ese espejismo
que muere en la espalda por el peso en años
y el suspiro triste casi soñoliento envuelto en olvido.
La voz que siempre quise recogió mi libro,
mi fusil, mi aliento, mi orgullo, mi historia,
se nació en mi estirpe, morirá conmigo.
Chema Muñoz ©