LA VO Z QUE SIEMPRE QUISE- 4.
Se me hastían las carnes de ser la leva un día,
o ser el animal que empuja sin un fin esa noria infinita,
de la que somos fuerza para elevar del pozo de las profundidades, la caricia invisible, las voces avísales
de esos mundos marinos yermos por los rebeldes desnudos de raíces, disponiendo crueldades
y riendo con ellas.
Hoy es muerte la risa, el abandono es justo solo
para unos cuantos, los que rompen estatuas
y se burlan del niño que duerme entre sus vicios
y el vicio es complaciente, la inocencia se aborta
sin salirse del vientre.
Somos el desencuentro de mentiras constantes,
de horizontes repletos de ruedas de molino
que quieren sean la entrada a la boca del lobo,
hallándose con bestias en los montes de venus
que arrojan a penumbras de las que no se sale.
Aquellos universos de sal y de montañas
se van muriendo hoy como murieron siempre,
y yo y tú morimos sin llegar a mirarnos
temiendo y limitando estarnos frente a frente
por no acabar llorando, arrastrando palabras
y gritando entre dientes.
Tengo nieve en el alma como tú en tus espacios,
nuestros besos se esconden al ras de lo infinito
de las tierras que amé en tu piel sobre el campo.
Chema Muñoz ©