Conocemos mejor la Luna, Marte, los planetas y satélites del sistema solar, que las profundidades abisales marinas, más allá de los seis mil metros conocida como zona Adán. A la zona Adán, ubicada entre los seis mil y los nueve mil novecientos metros de profundidad, el máximo del planeta en las fosas Marianas, solo ha descendido un ser humano, un gallego de Lugo; mientras que la Luna ya ha sido hoyada por doce astronautas. De su aventura descubrimos que allí residen unos seres llamados extremófilos que no necesitan de oxígeno para vivir porque hacen la quimiosíntesis y no la fotosíntesis; ni de luz porque desconocen el mundo en el que están. Descubrimiento que da sentido a la presencia, también en superficie, de seres extremófilos que andan por la calle, incluso con altavoz mediático, que parecen residir en la zona Adán, porque tampoco parecen necesitar mucho riego de oxigeno en el cerebro para existir. Una circunstancia que les conduce a desarrollar pensamientos y comportamientos erráticos, alejados de toda racionalidad porque, al ser todo víscera, el cerebro se reblandece y pierde la capacidad para entender y comprender el mundo y el espacio, acuático o no, en el que se desenvuelve su limitada vida.