Todos los popes estadounidenses de la industria coincidieron en que había que ralentizar los desarrollos vinculados a la inteligencia artificial, pero ninguno dijo cuál. Pareciera que está bien usarla para vigilar ciudadanos, para manipular elecciones, fabricar desinformación, decidir quién merece un crédito, desarrollar armas y reemplazar trabajadores. Pero lo que se está construyendo ahora es más potente, son sistemas cuyo comportamiento emerge de entrenamientos que ni sus creadores pueden explicar del todo, que actúan con creciente autonomía y que ya participan en el desarrollo de sus propios sucesores. Entonces la pregunta cambia, ya no es cómo usamos responsablemente esta tecnología, sino algo bastante más molesto. ¿Es ético construir una tecnología cuyo comportamiento todavía no sabemos controlar?
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