En Afganistán el gobierno está llevando a cabo un programa de destrucción masiva de los cultivos de amapolas, plantas de las que se extrae el opio. Pero este método ha tenido un efecto colateral drástico en las familias campesinas a las que los traficantes de droga prestaron dinero para plantar sus campos. Una vez destruido el cultivo, los agricultores no pueden pagar los préstamos. Estos campesinos lo único que poseen de valor son sus hijos y, en particular, sus hijas como moneda de cambio. Ante las amenazas de muerte de los traficantes, niñas de apenas 6 años son vendidas como esclavas sexuales para salvar a sus padres.