Pastor Eduardo Díaz

Las aguas de Meriba


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Mateo 4:1–11

Jesús, en su respuesta, cita otro texto de Deuteronomio. Lea la descripción del evento al que se refiere este pasaje contenida en Éxodo 17:1–7. ¿Qué ocurrió en esta ocasión? ¿Dónde radica el pecado de los israelitas? ¿En qué tentaron a Dios? ¿Dónde está la falta de temor en la postura que adoptaron?

Intentemos descubrir el significado de la segunda tentación de Jesucristo. En Éxodo 17:1–7 se relata el evento que llevó a Moisés a confrontar al pueblo por «tentar a Jehová», exactamente la misma actitud que Jesús detecta en la propuesta diabólica. La clave para entender la actitud de los israelitas se encuentra en esta frase: «Entonces el pueblo contendió con Moisés, y dijeron: Danos agua para beber» (2). En el Salmo 78, el autor incluye un interesante comentario sobre este incidente: «pero aún siguieron pecando contra Él, rebelándose contra el Altísimo en el desierto. Y en sus corazones tentaron a Dios, pidiendo comida a su gusto» (18).

Piense por un momento en la frase «pidiendo comida a su gusto». ¿No le resulta parecida a la escena de un grupo de amigos, sentados en un restaurante, haciendo su pedido al camarero? Ellos dan las instrucciones y el camarero las ejecuta. Es decir, el camarero es el que los sirve y satisface sus gustos; esta es, en todo caso, la función de un camarero. Transfiera, sin embargo, la imagen del camarero a la persona de Dios y se dará cuenta de que estamos frente a una grave inversión de roles. Los israelitas demandaban agua y comida a su gusto y el obligado a proveérselas era el Señor.

La esencia del pecado de asumir esta postura, entonces, es que nos formamos una imagen equivocada de Dios: él responde y nosotros damos las órdenes. Es exactamente en este desvío del rol real de Dios que el diablo procuraba provocar la caída de Jesús. Le propuso un plan que no había nacido en el corazón de Dios. Al ejecutarlo estaría obligando al Padre a responder a una situación que él no había aprobado.

Este concepto acerca de Dios es una de las razones por las cuales resultan tan atractivas las religiones. Todas ellas proponen al hombre que él sea el que controle a Dios por medio de una serie de ritos, sacrificios y disciplinas personales. La realidad en el reino de los cielos, sin embargo, es que nosotros por siempre seremos los que respondemos. No existe otro rol para nosotros. Dios será, siempre, el que inicia, el que dispone, el que propone.

En esta verdad radica el «secreto» del éxito de un ministerio. Como hemos visto en el bautismo del Cristo, su ministerio se caracterizará en que él será guiado enteramente por el Padre, por medio del Espíritu. Él no desarrollará proyectos personales, ni iniciará acciones si no le han sido indicadas por el Padre. Podrá afirmar que los discípulos a los que dio a conocer al Padre, son los que el mismo Padre le dio (Juan 17:6), las palabras que habló, son las mismas que el Padre le dio para que hablara (Juan 12:49), y las obras que hizo son las obras que vio hacer a su Padre (Juan 5:19).

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