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Hay una palabra que los musicólogos y críticos de jazz usan con precaución y, nosotros, los oyentes, con generosidad: “jazzy”. No es un género ni una categoría académica. Es una cualidad: la presencia, en una música que no es estrictamente jazz, de elementos que pertenecen a su lenguaje. Una armonía extendida. Un fraseo que respira con libertad. Un silencio que no es vacío, sino espera.
Las cuatro artistas que serán parte de esta sesión —Sade, Erykah Badu, Madeleine Peyroux y Norah Jones— no son, en rigor, cantantes de jazz. No provienen del “jam sesión” ni construyen su identidad desde la improvisación. Y, sin embargo, su música sería imposible sin el jazz. Lo llevan incorporado: en la manera en que la voz ocupa el espacio entre las notas, en las armonías que evitan la resolución fácil, en la producción que privilegia el respiro sobre la densidad.
By Nicolas PeñaHay una palabra que los musicólogos y críticos de jazz usan con precaución y, nosotros, los oyentes, con generosidad: “jazzy”. No es un género ni una categoría académica. Es una cualidad: la presencia, en una música que no es estrictamente jazz, de elementos que pertenecen a su lenguaje. Una armonía extendida. Un fraseo que respira con libertad. Un silencio que no es vacío, sino espera.
Las cuatro artistas que serán parte de esta sesión —Sade, Erykah Badu, Madeleine Peyroux y Norah Jones— no son, en rigor, cantantes de jazz. No provienen del “jam sesión” ni construyen su identidad desde la improvisación. Y, sin embargo, su música sería imposible sin el jazz. Lo llevan incorporado: en la manera en que la voz ocupa el espacio entre las notas, en las armonías que evitan la resolución fácil, en la producción que privilegia el respiro sobre la densidad.