La alfarería.
La alfarería (del árabe al-fahhar, a su vez del hebreo hhafar, tierra), o la cerámica (del griego keramiké - keramikós o kerameo, alfarero, keras, mano y miké, mezclar y kéramos, barro o arcilla, “hecho de arcilla”), o terracota (tierra cocida), se define como la tecnología que consiste en elaborar o fabricar piezas, elementos, recipientes, adornos, figuras, etc., mediante el guisado o cocido de la arcilla, o del barro, a altas temperaturas.
Hasta hace años se pensaba que la producción de recipientes y objetos de barro guisado o cocido se había iniciado en el Neolítico, término acuñado por el investigador británico Jhon Lubbock, en su obra Prehistoric Times, editada en 1865. Considerándose que el Neolítico se caracterizaba, entre otros, por la aparición de la industria lítica pulimentada, el desarrollo de la agricultura y la ganadería, de los grandes poblados y, consecuentemente aparejado al sedentarismo, así como de la cerámica.
La cerámica, además, era considerada particularmente como un fósil director o fósil guía, pues según el tipo de recipiente o pieza, decoración, forma, estilo, cocción, etc., podría definir una cultura o el estado tecnológico y social de una comunidad.
Sin embargo los primeros objetos cerámicos se han documentado en períodos más antiguos de la humanidad, concretamente en el Paleolítico Superior, en el yacimiento de Dolní Vestonice (República Checa), datado entre el 29.000 y el 25.000 BP (años antes del presente) y que se adscribe al período del Gravetiense. En este asentamiento se localizaron diversas figuras zoomorfas (que representan osos, mamuts, caballos, zorros, rinocerontes, etc.) y antropomorfas (la denominada Venus de Dolní Vestonice), en un contexto en el que además se documentaron unas 2.000 bolas de arcilla. Para algunos investigadores el lugar en el que se hallaron estos objetos podría tratarse del área de trabajo de alguna persona que se dedicara a la fabricación de estos objetos, que se relacionarían con algún tipo de valor simbólico, espiritual, mágico-religioso, o mental, de difícil interpretación, del que sólo podríamos especular su verdadero significado.
También en el Paleolítico Superior, en diversos yacimientos de Rusia y China se han hallado restos cerámicos fechados entre el 20.000 y el 9.000 a.C. Asimismo, la producción cerámica más antigua que se ha podido estudiar se estableció en Japón, con la denominada Cultura Jomon, datada entre el 10.000 y el 8.000 a.C.
Si bien, la extensión y desarrollo de la tecnología cerámica se produjo a partir del Neolítico y, sobre todo, en la Antigüedad, donde existían talleres muy especializados, con grandes producciones manufactureras y preindustriales.
La investigadora Hélène Balfet consideraba que “Hay que entender a la vez una actividad técnica compleja y los productos, muy diversificados, que resultan de ella. Éstos constituyen, para los últimos ocho a nueve mil años de historia de las sociedades humanas, documentos de una riqueza excepcional: desde su aparición en el Mediterráneo oriental, y en todos los lugares en los que existe (es decir, en casi todo el mundo), la alfarería ocupa un lugar eminente en el ajuar doméstico; frágil y por lo tanto frecuentemente renovada, es, en estado fragmentario, casi indestructible en los estratos arqueológicos; por último, y sobre todo, proporciona gran cantidad de indicios sobre las cualidades funcionales y estéticas que le asignaron. Así, nos ilustra no solamente sobre los medios técnicos que la época dominaba, sino también sobre la forma en que éstos realmente fueron puestos en acción en un caso preciso, y por ello sobre el lugar reservado a esta actividad y a sus actores por una sociedad dada”.
Cerámica tradicional canaria.
La llamada cerámica popular y/o tradicional es el barro guisado, que se hacía exclusivamente a mano, sin la intervención de ningún tipo de torno, de molde, o de máquina en las Islas Canarias, que era muy conocida y se encontraba muy extendida hasta los años 50 y 60 del pasado siglo XX.
Nos referimos a la loza, nombre por el que era denominada por la tradición oral y es recogido en la documentación histórica: las tallas, los bernegales, los lebrillos, los sahumadores o “sajumerios”, tan familiares que hasta en nuestro folklore existen, o podemos encontrar diversas y variadas alusiones a esta alfarería.
Quién no recuerda, por ejemplo, aquello de “ven conmigo al naciente a cargarme la talla”, de la típica composición “El Zagalejo” de Néstor Álamo, o “que una pulga saltando rompió un lebrillo”, que forma parte de las “saltonas”, que, conjuntamente con las “seguidillas” popularizaron Los Sabandeños.
O de estas expresiones que antaño fueron muy conocidas y extendidas: “está como una talla”, refiriéndose al volumen y peso de una persona y, si nos adentramos en la historia, en algunos pueblos, se conocían a algunas personas y a sus familias por el oficio de la alfarería, como sucedía, hace siglos en Santa Lucía de Tirajana con María “Locera”, según se constata en el Padrón General de la Población de 1834, o Marianita “la locera” de Lugarejos, conocida así en Inagua y en La Aldea de San Nicolás a comienzos del siglo XX, etc.
La mayor parte de los investigadores que han abordo el estudio de la cerámica tradicional o popular elaborada en Canarias coinciden en plantear que el origen de esta actividad alfarera procede del mundo indígena (como lo han planteado R. González Antón, J. Cuenca Sanabria, A. Tejera Gaspar, así como J. F. Navarro Mederos, M. Lorenzo Perera, J. Espinel Cejas, etc.).
Para otros investigadores (J. A. Hernández Marrero, J. Zamora Maldonado, A. Jiménez Medina, etc.), las cadenas operativas de la fabricación de la cerámica tradicional canaria que conocemos pudieron ser influenciadas, además del mundo indígena y por los colonos europeos, por esclavos moriscos o negros, ya que existen evidencias del trabajo de la loza por parte de esclavos y, posteriormente, de libertos o manumitidos (como ha recogido M. Lobo Cabrera) y que fueron otras circunstancias sociales y económicas las que propiciaron la pervivencia de una forma tan arcaizante de trabajar la alfarería, como pudo haber sido el abastecimiento de las clases sociales más populares (según el arqueólogo J. F. Navarro Mederos), pero sobre todo, la exportación de loza del país.
Las primeras referencias de la cerámica a mano elaborada en Canarias las encontramos en el mundo indígena. Antonio Sedeño, en la crónica de la conquista de Gran Canaria, en una redacción supuestamente anterior a 1495, expresa:
Tenían mujeres dedicadas para sastres, como para hacer loça de que usaban que eran tallas como tinajuelas para agua. Hacíanlas a mano i almagrábanlas i estando enjutas las bruñían con piedras lisas i tomaban lustre muy bueno y durable. Hacíanlos grandes i pequeños tasas i platos, todo mui tosco i mal pulido; a las ollas para el fuego i cazolones no daban almagra, después de esto haçían un [... roto ¿hoyo?] en la tierra onde ponían la losa i cubrían con tierra, i ensima haçian lumbre por un día u el tiempo necesario para coçer su losa, y seruía mui bien.
Con posterioridad, el fraile Joseph de Sosa, 1678, aludiendo a la cerámica indígena, cita algunos aspectos de la loza que se hacía en el siglo XVII en Gran Canaria:
Hacian [los canarios] en Canarias losa de barro para el comun servicio de sus cassas sin molde, torno, ni otro artificio alguno mas que el de su industria y manos y aun hasta oi se hace y usa para el comun servicio de los campos y aldeas, dexo ya que para las ciudades y otras partes politicas obran barros curiosos y de estima de color roxo y para enfriar agua muy presiados [búcaros]. Maiormente los de la ciudad de Telde que los embarcan para las otras islas a España y otros reinos de regulo porque es cierto que su hermosura y vista deleitosa echa a rodar los bucaros de Avero, los varros de Sevilla y sus tallitas o alcarraças blancas. Para esto tenian los canarios mugeres mui curiosas y oficialas muy diestras que le sabian dar la [tem]pla lo qual a quedado de unas a otras hasta oi que con la delgadez de los ingenios y continua experiencia de las cosas hacen esas manufacturas muy curiosas y de todos estimadas.
Exportación de loza canaria a la Península, América y África.
Desde el siglo XVII se exportaban búcaros a la Península Ibérica y en el siglo XVIII también se tiene constancia de la salida de loza fina y loza de barro basto a la Península.
Entre 1800 y 1909 se ha documentado la salida de miles de piezas (sobre todo de bernegales), distribuidas en decenas de viajes, en buques (sobre todo goletas) que embarcaban desde el Puerto de Santa Cruz (que era el único puerto transoceánico de Canarias) con destino a Buenos Aires (Argentina), San Juan (Puerto Rico), Cumaná (Venezuela), La Habana, Santiago y Matanzas (Cuba), Gorés (Sierra Leona), Senegal y costa africana.
En total se calcula que en el siglo XIX se vendieron lozas para la exportación por valor estimado de miles de reales de vellón.
El cargamento con más piezas fue el que partió el 28 de diciembre de 1838 con destino a La Habana, con 355 bernegales.
También llegó a establecerse un trasiego de cerámicas de unas islas a otras.
Se estima, según diversos censos y padrones consultados, que entre 1779 y 1836 existirían casi 1.000 loceras distribuidas en todas las islas, si bien la mayor parte se concentraban en las islas de Tenerife y Gran Canaria. En esos años la producción total en Canarias podría ascender a más de 1.000.000 piezas de loza anuales, que creemos se dedicaban, sobre todo a la exportación, reservándose una pequeña parte al abastecimiento interno de las Islas.
Principales características de la alfarería tradicional canaria.
1.º Recogida de la materia prima: barro, arena (desgrasante), almagre, agua y leña (horgazo, retama, escobón, aulaga, tunera, etc., incluso hasta maderas). Bien en las proximidades de los centros alfareros, como en lugares relativamente lejanos. Labor realizada por hombres, mujeres y niños.
2.º Preparación del barro: con métodos “rudimentarios” (majado, regado, esponjado, pisado, amasado, etc.). Labor realizada, sobre todo, por mujeres. Se suele elaborar en cuevas. Se amasa con los pies descalzos (con uno o los dos, según el centro locero).
3.º Levantamiento de las piezas: mediante la técnica del urdido (superposición de bollos de barro) y del estirado (con la ayuda de cantos rodados, o callaos, denominados lisaderas de levantar). Se realiza, generalmente, en tres fases:
- Elaboración del recipiente, o hacer la funda.
- Habilitado, recortado o desbastado y alisado (que se realiza con tres tipos de piedras, la raspona, la saltona y la fina)
- Y, la última fase, caracterizada por el proceso decorativo, que incluye el almagrado y el bruñido.
Luego, se procede al secado y al guisado de las vasijas.
Esta labor la hacían, sobre todo, las mujeres, aunque también sabemos de algunos hombres que, para el caso de Gran Canaria y Tenerife, levantaban y habilitaban piezas de barro (en el siglo XX).
En el caso de Lanzarote se utilizaba el tegue o teigue y se pintan elementos vegetales, geométricos y zoomorfos.
4.º Guisado o cocción: se realiza, generalmente, en un horno cubierto con una sola cámara, monocámara, y con tiraje por la puerta, descrito alguna veces como un gran horno de pan, o en hogueras.
En Lugarejos (Artenara) se emplea el denominado sistema de calles (hoguera al aire libre, en el que las piezas se colocan entre hileras de cantos trabajados de piedra muerta, el espacio utilizado para la cocción se encuentra delimitado por paredes en el risco).
En los hornos monocámaras se alcanzan temperaturas de hasta 800º C.
Esta operación es realizada generalmente por hombres, aunque también por mujeres. En algunos lugares a los hombres encargados de la cocción se les llamaba “guisanderos”.
En Gran Canaria (Hoya de Pineda y Lugarejos) se ha documentado, en estos últimos años, algunas cuevas artificiales que fueron utilizadas como hornos.
La cocción suele durar unas 3 horas. En los centros loceros podían existir de 1 a 4 hornos de media.
En el caso de Fuerteventura se utiliza la hoguera y como combustible la bosta de ganado y troncos de pencas de tuneras.
5.º Distribución y venta: una vez elaborada la cerámica, se procedía a su comercialización, en muchas ocasiones empleando el sistema de trueque, que podía abarcar localidades situadas a varios kilómetros de distancia.
Por ejemplo, en La Atalaya se vendía loza, en los últimos momentos de su producción tradicional, en los municipios de Las Palmas de Gran Canaria, Telde, Santa Brígida, San Mateo, Arucas, Teror, etc.
La loza se transportaba o bien directamente (participaban niños y niñas, hombres y mujeres), o bien con la ayuda de un animal de carga, que solía ser un burro. Los artesanos se adaptaban a los ciclos agrícolas de recogidas de las diferentes cosechas, de tal manera que acudían a cada lugar en función del cultivo dominante.
En algunos lugares no se conocen bien los procesos, pues cuando se han intentado estudiar ya no quedaban loceras o alfareros (caso de La Lagartera, Tenerife, etc.).
Las loceras solían ser muy pobres y su vida era, realmente, bastante dura.
Tipología funcional de la cerámica a mano elaborada en Canarias.
Las piezas cerámicas, más usuales, que se fabricaban a finales del siglo XIX y durante el siglo XX las hemos englobado, según la funcionalidad que presentan, en la siguiente propuesta tipológica:
1.º Preparación y manipulación de alimentos: lebrillos.
2.º Cocción de alimentos: cazuelas, cazuelos, ollas y tostadores o frigueras (de café, de millo, de castañas, etc.).
3.º Servicio y presentación de alimentos: cazuelos para servir leche, cazuelos de vino, cucharas, platos, soperas y vasos.
4.º Almacenaje, transporte, contención y conservación: bernegales, jarras (recipientes de hasta 50 litros, o más, de capacidad), porrones, tallas, así como jarras pequeñas, jarras para cuajar la leche, cántaras, jarras de flores para cementerio, etc.
5.º Iluminación: candiles, palmatorias, etc.
6.º Contenedores de fuego: braseros, fogueros, hornillas u hornos de pan, sahumadores y reverberos.
7.º Complementos: tapaderas de bernegales, tapas para ollas y cazuelos, etc.
8.º Higiene doméstica y personal: ganiguetes y pilones.
9.º Usos lúdicos: ceniceros, juguetes (generalmente eran réplicas en miniaturas de tallas, platos, vasos, etc., así como figuras) y macetas.
10.º Usos rituales: incensarios o sahumerios (o sajumadores).
11.º Indefinidos u otras funciones: todos aquellos elementos de los que se desconoce o no se puede determinar su funcionalidad.
Principales centros loceros de las Islas Canarias (siglos XVII al XX).
Lanzarote: El Mojón y Muñique (Teguise).
Fuerteventura: Valle de Santa Inés (Betancuria).
Gran Canaria: La Atalaya (Santa Brígida), Hoya de Pineda (Gáldar y Santa María de Guía), Lugarejos (Artenara), Tunte (San Bartolomé de Tirajana), La Aldea de San Nicolás, Santa Lucía de Tirajana y Moya y de manera esporádica Los Altabacales (Arucas) y Tasarte (La Aldea de San Nicolás).
Para el siglo XVII conocemos la existencia de Telde y La Ollería (El Dragonal, LPGC) como centros productores cerámicos.
Tenerife: San Miguel de Abona, Candelaria, Arico, La Victoria, Santa Úrsula, La Guancha, Arguayo (Santiago del Teide), El Rosario, Taganana y San Andrés (Santa Cruz de Tenerife) y de manera esporádica Fasnia, San Juan de la Rambla, El Tanque, Adeje y Geneto (La Laguna).
La Gomera: El Cercado (Vallehermoso), Vallehermoso, El Cabo (Agulo) y
Alajeró.
La Palma: Santa Cruz de La Palma y Los Llanos de Aridane.
El Hierro: Valverde.
La desaparición de la cerámica tradicional.
El proceso de extinción de los centros Loceros es complejo responde a diversos y múltiples factores, por una parte a la bajada de exportaciones a raíz de la independencia americana (cerca del 75% de las piezas cerámicas se exportaron entre 1800 y 1838), por otra parte, a los cambios socioeconómicos que surgen en Canarias a partir de finales del siglo XIX y comienzos del XX (con el cultivo masivo de la platanera), así como, especialmente, a partir de los años sesenta del siglo XX, donde se produce un éxodo rural importante de la población, especialmente hacia Las Palmas de Gran Canaria y la zona Sur.
Los modos de vida de la sociedad tradicional rural estaban desapareciendo, que apenas habían sufrido cambios importantes durante siglos. Aumentó de manera considerable el poder adquisitivo lo que mejoró las condiciones higiénicas y sanitarias de las viviendas (llegada del agua potable, etc).
Los descendientes de las loceras no querían continuar con este oficio. Preferían dedicarse, o bien a la agricultura (especialmente a las plataneras, o en la aparcería de los cultivos de tomateros, en los años cincuenta), o a la hostelería, sobre todo a partir de finales de los sesenta del siglo XX.
Las loceras ya mayores, no podían continuar sin ayuda extra con el oficio, máxime cuando no tenían quien les distribuyera el producto para su venta, o quien les ayudase en los guisados.
La aparición de nuevos materiales importados de metal o de plástico de precio económico y numerosas ventajas: duradero, polivalente, ligero, de diferentes tamaños, de formas variadas, fáciles de guardar y limpiar. Sobre este aspecto hacemos nuestras las palabras de Agustín García: “En definitiva se puede decir que la desaparición de esta tradición alfarera fue un proceso natural, sencillamente porque sucedió de esa manera y así hay que asumirlo”.
Sólo nos resta documentar esta artesanía tradicional, crear museos y centros de interpretación para su proyección pedagógica, pero sobre todo, intentar potenciar la recuperación, adaptada a los nuevos tiempos, desde una perspectiva investigadora y divulgativa. Aunque sólo sea por respeto a todas las loceras y al gran esfuerzo que realizaron, facilitando la supervivencia de un conocimiento histórico.
Bibliografía.
AFONSO GARCÍA, Manuel (2011): Greda. Manual de alfarería popular canaria. Ed. Asociación Cultural Pinolere. Proyecto Cultural. Gobierno de Canarias. La Orotava.
GONZÁLEZ ANTÓN, Rafael (1977): La cerámica popular en las Islas Canarias. Con la colaboración de Manuel J. Lorenzo Perera. Ed. Cabildo de Tenerife. Santa Cruz de Tenerife.
JIMÉNEZ MEDINA, Antonio M., ZAMORA MALDONADO, Juan y HERNÁNDEZ MARRERO, José Ángel (2008): “La cerámica a mano elaborada en Canarias entre los siglos XVII y XIX: ¿autoabastecimiento o exportación? XVIII Coloquio de Historia Canario Americana. Cabildo de Gran Canaria. Las Palmas de Gran Canaria.
LIZARAZU DE MESA, María Asunción (1987): “Alfarería popular de Lanzarote y Fuerteventura”. Etnografía Española. N.º 6. Ed. Ministerio de Cultura. Dirección General de Bellas Artes y Archivos. Subdirección General de Arqueología y Etnografía. Madrid, pp.: 241-275.
NAVARRO MEDEROS, Juan Francisco (1999): “El viaje de las loceras: la transmisión de tradiciones cerámicas prehistóricas e históricas de África a Canarias y su reproducción en las Islas”. Anuario de Estudios Atlánticos. N.º 45. Ed. Cabildo de Gran Canaria. Madrid-Las Palmas de Gran Canaria, pp.: 61-118.
ROBERT, Denise [1.ª ed. francés 1960] (2010): Cerámicas recientes de las Islas Canarias. Introducción y traducción de Ángel Sánchez Rivero. Ed. Gobierno de Canarias. Instituto de Educación Secundaria Santa María de Guía. Santa María de Guía.
ZAMORA MALDONADO, Juan M. y JIMÉNEZ MEDINA, Antonio M. (2004): El centro locero de Tunte (San Bartolomé de Tirajana, Gran Canaria). Ed. FEDAC. Cabildo de Gran Canaria. Las Palmas de Gran Canaria.
(2008): Historia de la alfarería tradicional en Hoya de Pineda (Gáldar y Santa María de Guía, Gran Canaria). Ed. Gobierno de Canarias. Ayuntamiento de Santa María de Guía. Ayuntamiento de Gáldar. Las Palmas de Gran Canaria.
Texto extraído de diversas publicaciones de A. Jiménez Medina, J. Zamora Maldonado y J. A. Hernández Marrero.
Concejalía de Patrimonio Histórico. Mayo de 2014.