las décadas centrales del siglo IV d.C. supusieron para el Imperio Romano una vuelta al caos político y militar vivido durante el siglo III. Hubo un aparente oasis de tranquilidad instaurado por Diocleciano y su tetrarquía y, sobre todo, por Constantino I “el grande”. La concentración de poder logró una notable paz interna desde la derrota de Licinio en el 324 hasta la muerte de Constantino en el año 337 Pero una vez muerto Constantino, el Imperio se repartió entre sus tres hijos: Constancio II quedó a cargo de las provincias orientales, Constante de Italia y África y Constantino II de las provincias occidentales.