Tras la conquista, México enfrentó una escasez crónica de moneda, lo que amenazaba la estabilidad económica de la colonia. Durante las primeras décadas, se recurrió al uso de lingotes de diversa calidad, tejos e incluso monedas indígenas, como el cacao o telas. La Casa de Moneda de México, inaugurada en 1535, mitigó esta situación al proporcionar numerario, si bien solo acuñaba plata. Persistía, por tanto, la falta de moneda menuda para las transacciones diarias.