A veces, una moneda revela más sobre el presente que sobre el acontecimiento que pretende conmemorar. Cuando Bélgica preparaba en 2015 una moneda conmemorativa de 2 euros por el 200.º aniversario de la Batalla de Waterloo, la numismática se convirtió de repente en diplomacia. Francia intervino contra la emisión advirtiendo que el motivo podría provocar reacciones negativas en Francia. Alrededor de 180.000 piezas ya acuñadas tuvieron que ser convertidas en chatarra. Bélgica recurrió entonces a una moneda de 2,50 euros, que solo tenía validez nacional, y que mostraba la Colina del León de Waterloo así como las líneas de batalla. Lo que era un motivo de conmemoración se convirtió en una lección sobre cómo las imágenes de las monedas en Europa nunca son solo metal y diseño, sino política de la memoria condensada.