Piensa en la fotografía más importante que tienes.
La de tus hijos recién nacidos. La última que te tomaste conalguien que ya no está. La imagen de un momento que no quisieras perder jamás.
Ahora responde: ¿dónde está?
Probablemente vive en un teléfono, en una nube o dentro deuna cuenta protegida por una contraseña. Si mañana pierdes el acceso, la fotografía quizá siga existiendo en algún servidor, pero para ti será como si hubiera desaparecido.
Nuestros abuelos nos heredaron cajas llenas de fotografías.Nosotros vamos a heredar contraseñas.
Y algo parecido está ocurriendo con nuestra memoriacolectiva.
Bibliotecas, museos, universidades, medios de comunicación y archivos públicos digitalizan millones de documentos para protegerlos, facilitar su consulta y acercarlos a nuevas generaciones. Es un avance extraordinario, pero también plantea un problema que pocas veces vemos: unacopia digital no es eterna.
Necesita servidores, mantenimiento, actualizaciones,formatos compatibles, ciberseguridad, especialistas y recursos para seguir existiendo.
En 2019, MySpace reconoció que había perdido fotografías,videos y alrededor de cincuenta millones de canciones subidas durante doce años. No hubo un incendio ni estantes convertidos en cenizas. Una migración de servidores salió mal y parte de la memoria digital de toda una generaciónsimplemente desapareció.
Digitalizar no significa preservar.
Un archivo puede borrarse. Una plataforma puede cerrar. Unformato puede volverse obsoleto. Una institución puede dejar de pagar el almacenamiento. Un ataque informático puede inutilizar los sistemas necesarios para encontrar y consultar una colección.
También existe una forma más silenciosa de desaparición:volver invisible la historia.
Un documento puede seguir almacenado, pero no aparecer en ningún buscador. Un testimonio puede quedar encerrado en una plataforma difícil de consultar. Un archivo puede ser público, pero encontrarse detrás de una suscripción que muy pocas instituciones pueden pagar.
En el mundo digital, lo que no puede encontrarse terminapareciéndose mucho a lo que nunca existió.
La inteligencia artificial profundiza esta desigualdad. Lossistemas conocen mejor aquello que fue digitalizado, catalogado, escrito en los idiomas dominantes y alojado por instituciones con grandes presupuestos.
Pero ¿qué sucede con los testimonios orales, las lenguasindígenas, los archivos comunitarios y los documentos que nadie ha tenido recursos para clasificar?
La IA no solamente puede reproducir los sesgos de nuestrosarchivos. También puede amplificar sus silencios.
En este episodio de Las preguntas que nos debemosreflexionamos sobre la fragilidad de la memoria digital, el poder de las empresas que resguardan nuestra información y la responsabilidad de las instituciones públicas frente al patrimonio que pertenece a toda la sociedad.
También nos preguntamos quién puede utilizar ese patrimonio, quién decide cómo describirlo y qué participación deberían tener las comunidades cuya historia está siendo digitalizada.
La tecnología puede ayudarnos a conservar y democratizar elacceso al pasado. El problema comienza cuando dependemos de ella sin copias independientes, formatos abiertos, acuerdos claros y capacidad para recuperar los archivos si cambian las condiciones.
La historia siempre ha necesitado guardianes.
El riesgo aparece cuando confundimos al guardián con eldueño.
Porque si no sabemos dónde está nuestra memoria, quiéncontrola las llaves y qué sucederá cuando deje de ser rentable conservarla, quizá no estamos construyendo un archivo eterno.
Quizá solamente estamos rentando nuestro pasado.
Estas son las preguntas que nos debemos.
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