"Por eso, estad también vosotros preparados, porque cuando menos lo esperéis vendrá el Hijo del hombre"
Tarde o temprano brota en todo corazón humano el deseo de santidad, de espiritualidad, de Dios, o como se quiera llamar. Oímos a los místicos hablar de una divinidad que les envuelve por todas partes, que está a nuestro alcance y que, si fuéramos capaces de descubrirla, podría hacer que nuestras vidas tuvieran sentido y fueran ricas y hermosas. La gente tiene una vaga idea a ese respecto, y por ello lee libros y consulta a los gurús tratando de averiguar qué es lo que deben hacer para obtener esa cosa tan esquiva que llamamos "santidad" o "espiritualidad". Para lo cual prueban toda clase de métodos, técnicas, ejercicios espirituales y fórmulas... y, al cabo de años de inútiles esfuerzos, acaban desanimados y confundidos y se preguntan en qué se habrán equivocado. Y, por lo general, se culpan a sí mismos: Si hubieran practicado las técnicas con mayor regularidad, si hubieran sido más fervorosos o más generosos..., lo habrían logrado. ¿lograr qué? De hecho, no tienen muy claro en qué consiste esa santidad que andan buscando, aunque sí saben, ciertamente, que sus vidas siguen siendo un fracaso y que ellos siguen siendo unos seres angustiados,
inseguros, llenos de miedo, resentidos, despiadados, avaros, ambiciosos y manipuladores. Por eso vuelven a emprender, con renovado ímpetu, el esfuerzo y el trabajo que creen imprescindibles para alcanzar su objetivo.