A veces lo legal no es necesariamente ético si favorece a personas pudientes y de moral relajada, inundadas de egoísmo y narcisismo individualista. La noticia de que un conocido influyente en las redes sociales traslada su residencia a un paraíso fiscal, ha generado un debate público sobre el compromiso social de quienes se ven favorecidos por la fortuna. Petróleo que extraen de la sociedad donde venden su producto o desarrollan su trayectoria profesional de éxito, gracias a los ciudadanos que les convierten en referentes sociales, estableciendo así una relación de necesidad mutua y, por tanto, de responsabilidad inapelable. Convertidos en modelo de conducta sus acciones se convierten en pauta de comportamiento para favorecer un orden social redistributivo, devolviendo a la sociedad parte de lo que obtienen de ella. O para impulsar la rapiña de la acumulación de riquezas evadiéndolas al fisco, gracias a un sistema injusto que favorece canales, incluso legales, para evadir impuestos. Iniquidad que merece la condena moral de los ciudadanos bajando del pedestal a quien así se comporte; y exigiendo al poder público el cierre de los paraísos y las rendijas legales que estimulan el egoísmo insolidario