El continuo vaivén de la vida entre lo que esperamos que llegue y lo que queremos que pase genera una impaciencia vital que nubla la mente porque nos impide obtener el equilibrio emocional requerido para percibir la realidad con la ecuanimidad y el criterio necesario, que evite perdernos en al ansia que nos impide poner los medios para conseguir lo que deseamos. O nos ciegue para no ver la oportunidad en aquello que, de entrada, rechazamos por prejuicio o desconocimiento. Liberar la mente de la impaciencia es requisito necesario para aceptar que nunca se alcanza o tiene todo lo que se desea y que lo positivo y lo negativo sirven por igual para formarnos, sin caer en la búsqueda de la gratificación permanente que nos envilece, o en la negrura de la envidia y el victimismo.