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En septiembre de 2026 hemos madurado. El libro que leímos fue Adultos, de Marie Aubert. Lejos de las prisas y de las relaciones líquidas de la ciudad, nos refugiamos en una cabaña noruega y celebramos la vida. No obstante, las risas de los niños llegan cada vez más irrealies.
En verano de 2026 caminamos sobre aguas cenagosas. El libro que leímos fue Heredarás la tierra, de Jane Smiley. El tiempo pasó lentamente bajo los atardeceres en el campo y el sonido de las cigarras. Entre partida y partida de Monopoly, el pastel se horneaba y aspirábamos su aroma y el de la prosperidad.
En junio de 2026 navegamos muy, muy al norte. El libro que leímos fue Vardø, de Kiran Millwood Hargrave. En sus páginas escuchamos al fin su voz, la de las mujeres, viviendo y sintiendo el relato que tradicionalmente no les ha pertenecido. Aunque soñamos con la ballena, no nos dejamos llevar por fanatismos ni supersticiones y apreciamos su belleza.
En mayo de 2026 deambulamos por enclaves amables. El libro que leímos fue Monje y robot, de Becky Chambers. Abrazamos los postulados esperanzadores del solarpunk, dialogamos sobre las necesidades y en un mundo con gravedad, sencillamente, disfrutamos de recorrer el sendero y de la compañía.
En abril de 2026 seguimos respirando. El libro que leímos fue La campana de cristal, de Sylvia Plath. Chisporroteando entre aguacates en Nueva York e higueras literarias fuimos cada vez más conscientes de quiénes éramos y de quiénes queríamos ser.
En marzo de 2026 circunnavegamos el mundo. El libro que leímos fue Américo Vespucio, relato de un error histórico, de Stefan Zweig. Seguimos el rastro de la tinta en los mapas, apreciamos lo que vale un narrador ameno y comprobamos que los nombres son, a veces, azarosos, como lo son sus consecuencias.
En febrero de 2026 viajamos a Japón. El libro que leímos fue Las dos rivales, de Sawako Ariyoshi. Entre las flores de loto y el fango, pisamos con delicadeza y cruzamos el río para no volver a ser nunca más las mismas. Fue con ese cambio como aprendimos sobre la anestesia.
En enero de 2025 esperamos. Junto a todas las mujeres del mundo y desde múltiples ángulos de visión. El libro que leímos fue El dolor, de Marguerite Duras. La fantasmagoría del horror adoptó la forma de ausencia, de tortura, de chivato, de incertidumbre, y recordamos todas ellas. Así reconstruimos no una cronología histórica, sino una verdad emocional.
En diciembre de 2025 nos salieron arañitas por los poros de la piel. El libro que leímos fue Comerás flores, de Lucía Solla Sobral. Permanecimos juntas cuando el seísmo amenazaba con paralizarnos de miedo, destruimos la culpa y escapamos de la mano.
En octubre de 2025 nos internamos en los bosques de Camerún. El libro que leímos fue El antropólogo inocente, de Nigel Barley. Escalamos las montañas en busca de la piedra de la lluvia, asistimos a la fiesta de las calaveras y reímos bajo los efectos de la cerveza de mijo. Todo ello contribuyó a ampliar los límites de la gruta cultural desde la que habitamos el mundo.
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