<img width="1080" height="1080" data-tf-not-load src="https://sons.red/wp-content/uploads/2025/10/033-LIMIAR-Miedo.jpg" class="attachment-full size-full wp-post-image" alt="Miedo a las sombras de plástico" decoding="async" srcset="https://sons.red/wp-content/uploads/2025/10/033-LIMIAR-Miedo.jpg 1080w, https://sons.red/wp-content/uploads/2025/10/033-LIMIAR-Miedo-150x150.jpg 150w, https://sons.red/wp-content/uploads/2025/10/033-LIMIAR-Miedo-1024x1024-300x300.jpg 300w, https://sons.red/wp-content/uploads/2025/10/033-LIMIAR-Miedo-1024x1024.jpg 1024w, https://sons.red/wp-content/uploads/2025/10/033-LIMIAR-Miedo-1024x1024-205x205.jpg 205w" sizes="(max-width: 1080px) 100vw, 1080px" />
Dicen que con los años uno aprende a distinguir los miedos reales de los imaginarios. Sin embargo, hay terrores que se resisten a jubilarse. Los de plástico, por ejemplo. Como, para mí, esa Nancy patinadora o la Mariquita Pérez que vigilan desde el pasillo con una sonrisa inmóvil, regalos de la madre de Fidel y su hermana a su mujer, fanática de esas muñecas con historia.
Ahí están, con sus melenas perfectas y sus ojos fijos, recordando a Fidel que el miedo puede ser absurdo… pero no por ello menos persistente.
Al fin y al cabo, ¿qué asusta más? ¿Una muñeca con cara de calma eterna o la sensación de que la vida adulta consiste en aprender a convivir con nuevos temores —las facturas, el tiempo, la rutina— que se parecen demasiado a los antiguos?
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