Comencé este trabajo como fotógrafo sin experiencia, pero pronto descubrí que no era un empleo normal. Mi jefe me entregó una cámara antigua y una lista de reglas extrañas: no debía ignorar la luz roja del visor, cubrir siempre la lente, y destruir cualquier fotografía que mostrara algo que no hubiera visto al tomarla. Al romper esas reglas, la cámara empezó a capturar cosas imposibles, abriendo un portal hacia algo oscuro y desconocido. Cada fotografía era una puerta, y cada clic del obturador debilitaba la línea entre nuestro mundo y el otro. Ahora sé que no era solo un trabajo, era una trampa, y para cerrarla, tuve que sacrificarme y convertirme en la última puerta.