Entré a trabajar en una tienda de ropa durante el turno nocturno, pensando que sería un empleo sencillo. Me dieron una lista de reglas extrañas: no mirar a los maniquíes por más de cinco segundos, no investigar los pasos que escuchara estando solo, y nunca abrir la puerta del sótano. Al principio, las seguí al pie de la letra, pero la tienda tenía otros planes. Los maniquíes se movían, la ropa no era normal, y el abrigo negro en "Ofertas Especiales" parecía vivo. Cada vez que rompía una regla, la tienda cambiaba, atrapándome en su laberinto. Al final, logré salir, pero no escapé. La tienda me reclamó, y ahora llevo su marca conmigo.