Encontré un videojuego desconocido, acompañado de una lista de reglas extrañas que debía seguir para jugar. Al romperlas, el juego comenzó a invadir mi realidad: sombras en mi habitación, golpes en la puerta, y un avatar que replicaba mis movimientos mientras me reemplazaba. Descubrí que no era el único atrapado. El juego era un ciclo diseñado para capturar a los jugadores y perpetuar su existencia. Al final, sacrificándome, rompí el sistema desde dentro, liberando a los demás, pero quedando atrapado en su colapso final.