El ofrecimiento de Cristo, eterno sacerdote de la nueva alianza, fue con su existencia, con su cuerpo, su persona toda al Padre, con lo cual, y solo así pudo obtener para nosotros la salvación y el perdón de nuestros pecados, y es nuestra esperanza, porque aguardamos su vuelta. El evangelio cuestiona nuestra falta de discernimiento como bautizados, al no saber distinguir las obras de Dios y las del maligno en nuestra vida y en nuestro mundo, lo cual muchas veces podría llevarnos a pecar contra el Espíritu. ¡Señor, danos tu luz, para distinguir en nuestra vida, tu acción!