En la Biblia vemos varios ejemplos de hombres que aunque comenzaron bien, tristemente terminaron muy mal. Un ejemplo de esto fue Saúl, a quien Dios llamó para ser el primer Rey de Israel cuando él no era nadie y cuando él se sentía nadie, pero luego que comenzó a reinar, la ambición y la altivez fueron entrando a su corazón hasta el punto en que ya no le importaba la dirección del Dios que lo había escogido. Todos sabemos su final, Dios lo desechó, su Espíritu se apartó de él. Otro ejemplo en la Biblia fue el de Sansón, un hombre escogido y apartado por Dios desde que estaba en el vientre, alguien con una fuerza impresionante que luchaba contra ejércitos de hombres y vencía, pero se dejó seducir por mujeres extranjeras y a una de ellas le confió el secreto más guardado de su vida, un pacto hecho con Dios, y no le dio la debida importancia. Fue terrible su final, Dios se alejó de él y también sus fuerzas, al punto que sus enemigos le sacaron los ojos y lo encadenaron para burlarse de él, pero Dios es tan misericordioso y él clamó antes de morir y fue escuchado. Sansón murió aplastado por las columnas a las que estaba encadenado y con él murieron muchos filisteos. Son muy triste estos dos finales, y estoy segura de que nadie quisiera terminar como ellos, por eso nunca debemos olvidar de donde Dios nos sacó, para qué nos llamó, y a quien le debemos nuestra vida. Si nos movemos de ahí no terminaremos bien y jamás podremos cumplir el propósito por el cual hemos sido creados. El Señor nos libre de toda altivez, recordando siempre esta palabra que está en Proverbios 22:4 que dice: Riquezas, honra y vida son la remuneración de la humildad y del temor de Jehová.