«Háblame, Musa, de aquel varón de ingenio inagotable que, después de destruir la sagrada ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo…»
Así comienza la Odisea de Homero, una de las grandes obras de la literatura universal. Y una de las primeras. Una obra sobre Ulises, comienza de una manera sorprendente: sin Ulises. El héroe no aparecerá hasta el canto 5. Homero practica la técnica del flashback y nos lleva primero a Ítaca, al Palacio que abandonó veinte años atrás para ir a la guerra de Troya. Allí Penélope sigue esperando, los pretendientes se han instalado en el palacio devorando los bienes del rey ausente, y Telémaco, el hijo que apenas conoció a su padre, contempla impotente cómo su mundo se desmorona.
Pero algo está a punto de cambiar. Atenea llega a Ítaca disfrazada y despierta al muchacho: ya no puede seguir sentado esperando. Telémaco tiene que hablar, enfrentarse a los pretendientes y salir en busca de noticias de Ulises. Y así, casi ante nuestros ojos, comienza a dejar de ser un niño.
Convoca una asamblea, denuncia públicamente a quienes han invadido su casa y conocemos también la extraordinaria inteligencia de Penélope, que lleva años resistiendo con la famosa estratagema del telar: teje de día y desteje de noche para aplazar una boda que no desea. Los pretendientes se burlan, el pueblo calla y nadie se atreve a ayudar a Telémaco. Pero ya es demasiado tarde para detenerlo. El joven inseguro del primer canto ha empezado a actuar.
Y entonces ocurre algo precioso. Al final del canto I, Telémaco se acuesta de noche pensando en el viaje. Al final del canto II también es de noche, pero ya está navegando. Atenea envía un viento favorable, la vela se hincha y la nave avanza por el inolvidable «mar del color del vino» de Homero.
Ulises todavía no ha aparecido, pero está en todas partes: en el dolor de Penélope, en la casa ocupada y en la vida de un hijo que ha crecido bajo la sombra de un padre ausente. Antes de contarnos el regreso de Ulises, Homero nos enseña por qué tiene que regresar.
Mientras el padre lucha por volver a casa, el hijo comprende que para encontrarlo tiene que salir de ella. Uno vuelve. El otro parte. Y, sin saberlo todavía, los dos empiezan a caminar el uno hacia el otro. Así comienza la Odisea. Y después de casi tres mil años sigue siendo imposible no querer saber qué ocurre a continuación.
Como no hay nada más moderno que los clásicos grecolatinos les ponemos música actual. La banda sonora de los cantos I y II de la Odisea está formada por la banda sonora de “El Señor de los Anillos”, de Howard Shore; la de “Minority Report”, de John Williams; la de “Érase una vez en América”, de Ennio Morricone, y de “The Imitation Game”, de Alexandre Desplat.
La imagen corresponde al cuadro “Telémaco abandona Ítaca para buscar a su padre Ulises, animado por Mentor”, de Charles Meynier (1800)
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