Aquella noche de noviembre de 2015, París tenía el corazón encendido. Era viernes, y la ciudad brillaba con su habitual mezcla de risas, guitarras callejeras y copas de vino servidas en las terrazas. El otoño francés envolvía las calles en un aire dorado y fresco, y miles de personas disfrutaban del fin de semana, de los amigos, del fútbol, de un concierto, de la vida misma. Nadie podía imaginar que esa misma noche, la “Ciudad de la Luz” apagaría de golpe su luz.