1964. Sin duda, un año que cambió la historia de la música. Ese 9 de febrero, el frío calaba los huesos en el aeropuerto de John F. Kennedy de Nueva York, cuando 4 jóvenes músicos de riguroso terno, peinados simétricos y sonrisa afable, bajaban por la escalera del avión, saludando con aires de victoria anticipada. Venían directo de su Gran Bretaña natal, donde habían dejado una ola avasalladora e incombustible de fans, llantos y gritos desenfrenados. El escenario que los esperaba en Estados Unidos, no era demasiado diferente: cientos de seguidoras se agolpaban en el aeropuerto, con carteles, discos y lágrimas en los ojos. Lo inevitable ya se anticipaba: la Beatlemanía había llegado al otro lado del atlántico, y pensaba quedarse.