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El Congreso de los Diputados acoge este martes las jornadas 'La cárcel no es lugar para quien cultiva vida', un evento centrado en el impacto del prohibicionismo y las penas de prisión por cannabis. A pesar de la defensa de sus promotores, el consumo de esta sustancia conlleva serios riesgos para la salud física y mental, especialmente entre los jóvenes. De hecho, el cannabis es la segunda sustancia que más admisiones a tratamiento por drogas genera (una de cada cuatro), solo por detrás de la cocaína, y supone el 90% de los ingresos de menores en centros de desintoxicación.
El doctor Lorenzo Armenteros del Olmo, portavoz de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG), advierte de que el principal compuesto psicoactivo del cannabis actúa sobre receptores en áreas cerebrales clave para la memoria, la atención y el control de los impulsos. Con el tiempo, su consumo puede alterar las funciones cognitivas, emocionales y la conducta. “En los consumidores habituales, se describen peores resultados en aprendizaje y en la memoria”, explica Armenteros. En el caso de los adolescentes, “se asocia a un peor rendimiento académico, mayor absentismo y una menor probabilidad de completar los estudios”.
Existe una “asociación consistente entre el consumo frecuente de cannabis”, sobre todo el de alta potencia, y un “mayor riesgo de síntomas psicóticos o de primeros episodios psicóticos”, según el experto. Este riesgo se incrementa con la frecuencia y una edad de inicio temprana. Muchas personas lo consumen para relajarse o dormir, pero Armenteros alerta de que puede convertirse en una “automedicación fallida”.
A corto plazo, la sustancia produce un alivio subjetivo, pero a medio y largo plazo, “puede provocar empeoramiento de la ansiedad, favorece las crisis de pánico y aumenta una dependencia psicológica que dificulta el desarrollo de estrategias que puedan ser eficaces para controlar esta adicción”. A nivel físico, el daño respiratorio es similar al del tabaco (tos crónica, bronquitis), mientras que en el plano cardiovascular incrementa la frecuencia cardíaca y la presión arterial, habiéndose descrito casos de infarto o ictus en personas vulnerables.
La adolescencia es una etapa crucial para la maduración cerebral en aspectos como el control de los impulsos, la toma de decisiones y la regulación emocional. Según Armenteros, este proceso se extiende hasta la tercera década de la vida. La exposición repetida al cannabis puede interferir en los circuitos cerebrales aún en desarrollo, provocando cambios graves.
El doctor subraya que “el consumo temprano se asocia a mayor riesgo de alteraciones cognitivas y problemas de salud mental”. La permanencia de las secuelas depende de la edad de inicio, la intensidad, el tiempo y la potencia del producto. Aunque algunos déficits en adultos mejoran con la abstinencia, en quienes comienzan en la adolescencia se ha detectado un “deterioro neuropsicológico persistente”. Además, la potencia del cannabis ha aumentado en los últimos años, lo que intensifica efectos como la ansiedad, el deterioro cognitivo y la dependencia.
Las señales de alarma de una adicción incluyen la necesidad de consumir cada vez más cantidad para obtener el mismo efecto, irritabilidad, insomnio, ansiedad y el abandono de actividades sociales o deportivas. También aparecen mentiras o negaciones sobre el consumo. El síndrome de abstinencia, por su parte, se manifiesta con ansiedad, inquietud, insomnio, sueños vívidos, reducción del apetito, cefaleas, sudoración y taquicardias.
Finalmente, Armenteros recuerda que el cannabis de uso medicinal se reserva para patologías muy concretas y siempre bajo estricto control médico. Se utiliza, por ejemplo, para tratar la espasticidad asociada a la esclerosis múltiple, las náuseas por quimioterapia, el dolor crónico refractario y algunos tipos de epilepsia, siempre “bajo un estricto control médico y a una dosis adecuada”.
By COPEEl Congreso de los Diputados acoge este martes las jornadas 'La cárcel no es lugar para quien cultiva vida', un evento centrado en el impacto del prohibicionismo y las penas de prisión por cannabis. A pesar de la defensa de sus promotores, el consumo de esta sustancia conlleva serios riesgos para la salud física y mental, especialmente entre los jóvenes. De hecho, el cannabis es la segunda sustancia que más admisiones a tratamiento por drogas genera (una de cada cuatro), solo por detrás de la cocaína, y supone el 90% de los ingresos de menores en centros de desintoxicación.
El doctor Lorenzo Armenteros del Olmo, portavoz de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG), advierte de que el principal compuesto psicoactivo del cannabis actúa sobre receptores en áreas cerebrales clave para la memoria, la atención y el control de los impulsos. Con el tiempo, su consumo puede alterar las funciones cognitivas, emocionales y la conducta. “En los consumidores habituales, se describen peores resultados en aprendizaje y en la memoria”, explica Armenteros. En el caso de los adolescentes, “se asocia a un peor rendimiento académico, mayor absentismo y una menor probabilidad de completar los estudios”.
Existe una “asociación consistente entre el consumo frecuente de cannabis”, sobre todo el de alta potencia, y un “mayor riesgo de síntomas psicóticos o de primeros episodios psicóticos”, según el experto. Este riesgo se incrementa con la frecuencia y una edad de inicio temprana. Muchas personas lo consumen para relajarse o dormir, pero Armenteros alerta de que puede convertirse en una “automedicación fallida”.
A corto plazo, la sustancia produce un alivio subjetivo, pero a medio y largo plazo, “puede provocar empeoramiento de la ansiedad, favorece las crisis de pánico y aumenta una dependencia psicológica que dificulta el desarrollo de estrategias que puedan ser eficaces para controlar esta adicción”. A nivel físico, el daño respiratorio es similar al del tabaco (tos crónica, bronquitis), mientras que en el plano cardiovascular incrementa la frecuencia cardíaca y la presión arterial, habiéndose descrito casos de infarto o ictus en personas vulnerables.
La adolescencia es una etapa crucial para la maduración cerebral en aspectos como el control de los impulsos, la toma de decisiones y la regulación emocional. Según Armenteros, este proceso se extiende hasta la tercera década de la vida. La exposición repetida al cannabis puede interferir en los circuitos cerebrales aún en desarrollo, provocando cambios graves.
El doctor subraya que “el consumo temprano se asocia a mayor riesgo de alteraciones cognitivas y problemas de salud mental”. La permanencia de las secuelas depende de la edad de inicio, la intensidad, el tiempo y la potencia del producto. Aunque algunos déficits en adultos mejoran con la abstinencia, en quienes comienzan en la adolescencia se ha detectado un “deterioro neuropsicológico persistente”. Además, la potencia del cannabis ha aumentado en los últimos años, lo que intensifica efectos como la ansiedad, el deterioro cognitivo y la dependencia.
Las señales de alarma de una adicción incluyen la necesidad de consumir cada vez más cantidad para obtener el mismo efecto, irritabilidad, insomnio, ansiedad y el abandono de actividades sociales o deportivas. También aparecen mentiras o negaciones sobre el consumo. El síndrome de abstinencia, por su parte, se manifiesta con ansiedad, inquietud, insomnio, sueños vívidos, reducción del apetito, cefaleas, sudoración y taquicardias.
Finalmente, Armenteros recuerda que el cannabis de uso medicinal se reserva para patologías muy concretas y siempre bajo estricto control médico. Se utiliza, por ejemplo, para tratar la espasticidad asociada a la esclerosis múltiple, las náuseas por quimioterapia, el dolor crónico refractario y algunos tipos de epilepsia, siempre “bajo un estricto control médico y a una dosis adecuada”.