Los Juegos Olímpicos de Verano de Berlín en 1936, organizados por el régimen nazi, actuaron como un gran escaparate para una Alemania atlética, pacífica y rejuvenecida. Después de un largo debate, las grandes democracias del mundo acordaron enviar a sus atletas a la capital del Reich. Durante quince días, los Juegos Olímpicos detuvieron el tiempo. La violencia y el odio que hasta entonces habían reinado en las calles de Berlín se desvanecieron repentinamente.