Es la sangre la que mueve todos los universos,
la que rompe los crepúsculos,
la que se lleva los puentes,
arrastrando tras de si el brazo que nos ampara,
las estaciones del año, la costumbre
que del daño hace apagarse los sueños.
.
Las corrientes van cambiando según
como les conviene volar a las golondrinas,
o ponerles los raíles a esos trenes de la muerte,
a los tronos, ya cipreses, que se alongan
en los campos donde vamos a dormir,
al devenir de mil años.
.
Es la sangre la razón de bendecir a los besos,
de ahuyentar a los obsesos que se pierden por corales,
de acallar los abandonos, de cautivar a las voces
que están pidiendo socorro, es la sangre esa mentira
que se torna como el mármol en la frente
o en el alma, destrozándonos la calma
cuando se hiela en las venas.
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¡Cual no sería mi pena desbordándose en la historia
que pintó de nuestra sangre las páginas de su libro,
rellenando los espacios con la sangre o con las armas,
que bendijeran obispos para pintar las montañas
y tallarlas de recuerdos de sangre y sangre de muertos!
.
Se nos da la bienvenida con la sangre de placentas,
brindamos con la esencia que nos regala la vid,
en copas de alabastro con la sangre de los astros
en bellos atardeceres,
el sol nace de esa sangre al irse a dormir el día,
y esta sangre fluye loca cuando te tengo en mis brazos,
cuando la licantropía te la traen a la mesa en lunas
llenas de sangre, sangre que pinta un latido
cuando se muere la ausencia, la que se esconde en el miedo, la que tiñe los vendajes, la que te viene a la boca
enrojeciendo los labios al abrir tus oquedades.
.
Es tu sangre la que toca con pinceles de la mía
los centros de tus entrañas para crear telarañas
que se vuelcan en ternura con el goce de la tuya,
cual violetas victoriosas, para poblarte de casta,
para que nazca en ti el grito el mismo que da una rosa.
.
Es la sangre la que mueve todos los universos,
la que brotó de mi herida, como ola, amanecer
y sonido de latidos que doy al vórtice
de tu pecho, y a los latidos que sufro en la desazón
vacío espacio de vientos, sumergido
en soledades de los latidos del tiempo.
Chema Muñoz ©