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LUNES IV PASCUA
San Juan 10, 11-18
Nuestra fragilidad
La Iglesia es un Pueblo en oración. La gran familia de los hijos de Dios, que se encuentra a lo largo y ancho de los cinco continentes, imploran por un Papa que, al modo de Jesús, nos diga: “Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas”. Así lo vimos en tantos Papas, y así será siempre, porque el Señor nunca nos abandona. Nos prometió el Espíritu Santo, abogado y defensor que, durante más de veinte siglos, ha perpetuado su presencia y su protección a la obra de Cristo: la Iglesia. Todos sabemos que la Iglesia está constituida por personas y, por tanto, falibles y limitadas.
La expresión conocida de “Iglesia santa, Iglesia pecadora”, habla precisamente de esta doble conformación. Por un lado, está garantizada la asistencia del Espíritu Santo a lo largo de los siglos; por otro, se nos recuerda que el hombre es un ser limitado y pecador, por lo que nunca deberíamos escandalizarnos por situaciones o actitudes, que se reflejan en algunos de sus ministros (o de cualquier cristiano), contrarias al deseo y propósito de su Fundador.
Lo verdaderamente sorprendente, sin embargo, es que, a pesar de estos condicionamientos tan humanos, en lo que se refiere a ese depósito de la fe en nada se ha cambiado o se ha trastocado a los largo de tantos siglos. Más bien al contrario, se han ido precisando aspectos de esa fe (mediante dogmas, concilios, magisterio personal de los papas, catecismos, etc.), evolucionando en su comprensión y en su vivencia.
“Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente”. Como ama el Padre a Cristo, ama a cualquier Vicario de su Hijo en la tierra. Con nuestro sacrificio y nuestra oración, garantizamos que el Papa actúe conforme a lo que Dios espera de él, respecto a tantos hermanos separados, y que Jesús nos recuerda: “escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor”.
Nos ponemos en manos de la Virgen. Ella estuvo en el Cenáculo con los discípulos de Jesús el día de Pentecostés unida en oración.
By Ermita Virgen del Puerto Madrid RíoLUNES IV PASCUA
San Juan 10, 11-18
Nuestra fragilidad
La Iglesia es un Pueblo en oración. La gran familia de los hijos de Dios, que se encuentra a lo largo y ancho de los cinco continentes, imploran por un Papa que, al modo de Jesús, nos diga: “Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas”. Así lo vimos en tantos Papas, y así será siempre, porque el Señor nunca nos abandona. Nos prometió el Espíritu Santo, abogado y defensor que, durante más de veinte siglos, ha perpetuado su presencia y su protección a la obra de Cristo: la Iglesia. Todos sabemos que la Iglesia está constituida por personas y, por tanto, falibles y limitadas.
La expresión conocida de “Iglesia santa, Iglesia pecadora”, habla precisamente de esta doble conformación. Por un lado, está garantizada la asistencia del Espíritu Santo a lo largo de los siglos; por otro, se nos recuerda que el hombre es un ser limitado y pecador, por lo que nunca deberíamos escandalizarnos por situaciones o actitudes, que se reflejan en algunos de sus ministros (o de cualquier cristiano), contrarias al deseo y propósito de su Fundador.
Lo verdaderamente sorprendente, sin embargo, es que, a pesar de estos condicionamientos tan humanos, en lo que se refiere a ese depósito de la fe en nada se ha cambiado o se ha trastocado a los largo de tantos siglos. Más bien al contrario, se han ido precisando aspectos de esa fe (mediante dogmas, concilios, magisterio personal de los papas, catecismos, etc.), evolucionando en su comprensión y en su vivencia.
“Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente”. Como ama el Padre a Cristo, ama a cualquier Vicario de su Hijo en la tierra. Con nuestro sacrificio y nuestra oración, garantizamos que el Papa actúe conforme a lo que Dios espera de él, respecto a tantos hermanos separados, y que Jesús nos recuerda: “escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor”.
Nos ponemos en manos de la Virgen. Ella estuvo en el Cenáculo con los discípulos de Jesús el día de Pentecostés unida en oración.