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Lillian Colón, que creció en un orfanato, superó a cuatrocientas bailarinas para ganar un codiciado lugar en un equipo de danza de renombre mundial. Bailó con ese grupo, con su coreografía sincronizada y rigurosamente ordenada, hasta pasados los cuarenta años de edad. Ahora, a los setenta, enseña danza y transmite a sus alumnos su mejor lección del arte de la precisión: trabajar en equipo. «Dentro y fuera del escenario, nuestras vidas están profundamente entrelazadas, y todos ganamos cuando nos apoyamos y cuidamos unos a otros», dijo.
Pablo conocía la importancia de este principio. La armonía en Cristo dirige la alabanza hacia su verdadero propósito: glorificar a Dios. Enseñó esta lección a los creyentes en Roma, tanto judíos como gentiles, para fomentar su unidad: «Dios […] os dé entre vosotros un mismo sentir según Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, [glorifiquen] al Dios y Padre» (Romanos 15:5-6).
Las voces que compiten no producen este resultado. Unirse para alabar a Dios, sin que nadie menosprecie al otro, da a la unidad en Cristo su verdadero propósito. «Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios» (v. 7). Con la ayuda de Dios para hacerlo, Él une nuestras voces mientras avanzamos en sintonía y lo glorificamos.
By Lillian Colón, que creció en un orfanato, superó a cuatrocientas bailarinas para ganar un codiciado lugar en un equipo de danza de renombre mundial. Bailó con ese grupo, con su coreografía sincronizada y rigurosamente ordenada, hasta pasados los cuarenta años de edad. Ahora, a los setenta, enseña danza y transmite a sus alumnos su mejor lección del arte de la precisión: trabajar en equipo. «Dentro y fuera del escenario, nuestras vidas están profundamente entrelazadas, y todos ganamos cuando nos apoyamos y cuidamos unos a otros», dijo.
Pablo conocía la importancia de este principio. La armonía en Cristo dirige la alabanza hacia su verdadero propósito: glorificar a Dios. Enseñó esta lección a los creyentes en Roma, tanto judíos como gentiles, para fomentar su unidad: «Dios […] os dé entre vosotros un mismo sentir según Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, [glorifiquen] al Dios y Padre» (Romanos 15:5-6).
Las voces que compiten no producen este resultado. Unirse para alabar a Dios, sin que nadie menosprecie al otro, da a la unidad en Cristo su verdadero propósito. «Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios» (v. 7). Con la ayuda de Dios para hacerlo, Él une nuestras voces mientras avanzamos en sintonía y lo glorificamos.