La historia parte de un caso real, el de una mujer condenada a muerte que lleva trece años esperando la horca en el corredor de la muerte de una cárcel de Tokio, acusada de manipular y asesinar a varios hombres.
Este libro se abre con curiosidad y se continúa con placer y sorpresa. Desde la primera página se percibe que no estamos ante un simple relato criminal, sino ante una exploración incisiva de la mujer japonesa contemporánea. La autora no reconstruye el crimen como si fuera un expediente judicial. Se pregunta qué miradas lo rodean, qué prejuicios lo moldean y qué expectativas pesan sobre una mujer que no encaja en el molde social establecido.
La mujer que habla al otro lado de la mampara de protección representa muchas cosas, entre ellas la visión machista que atraviesa el proceso y el discurso. Sabe que es juzgada no solo por sus actos, sino por su cuerpo, su apetito, su ambición y su negativa a ser discreta. Se la convierte en monstruo porque come y disfruta sin pedir perdón.
Esta novela muestra cómo una sociedad sofisticada y tecnológica mantiene estructuras rígidas donde las mujeres deben ser comedidas, delgadas y agradables. Si se salen del guion, el castigo es implacable. Frente a esa figura está la periodista que la entrevista, primero con distancia profesional y luego con una implicación creciente que la arrastra.
La comida, en esta novela, es memoria y trauma, placer y herida. Cada textura y cada olor abren una puerta a lo reprimido.
El caso real que inspira la historia sigue siendo citado en Japón como ejemplo del tratamiento mediático hacia mujeres acusadas de delitos graves. La ficción permite ampliar esa reflexión y recorrer el Japón femenino actual en el trabajo, la amistad, las relaciones y la mesa. El creciente gusto por la cocina occidental y la escasez ocasional de mantequilla en los supermercados, limitada a un paquete por cliente, alimentan aún más el deseo. En estas páginas hay mucho deseo, mucha hambre y mucha sangre simbólica. Y al cerrar el libro queda una convicción clara, literaria y vital: mejor mantequilla que margarina.
Con las voces de Gloria Núñez, Elena Serrano, Gorka Zumeta y Felipe Pontón.