Marc Chagall construyó un mundo portátil para tener patria, pero ese mundo solo podía existir suspendido en el aire. Vivió en el techo, en el umbral permanente entre la casa y el cielo, entre la pertenencia y el destierro. Lo que le permitió habitar el mundo fue, precisamente, no apoyar nunca del todo los pies en él. Cuando Vitebsk desapareció físicamente del mapa, sus cuadros se convirtieron en el único archivo de ese shtetl, pero no como refugio del horror sino como coordenada paralela donde la gravedad funciona con otras leyes.