Marilyn Manson no fue solo un músico polémico: fue un dispositivo. Una máquina de refracción que tomó los símbolos más pulidos del mito estadounidense, la pureza, la fama, la fe de consumo, y los devolvió deformados para obligarnos a mirar de nuevo. Un retrato del ingeniero detrás del maquillaje y del costo humano de vivir dentro de una identidad diseñada para arder.