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MARTES III PASCUA
San Juan 6, 30-35
Confesión de amor
“Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed”… Apenas unos meses antes, había dicho Jesús a la mujer samaritana: “El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás”. Hasta aquí, todo está claro. Pero, no mucho tiempo después, los mismos labios del Maestro que dejaron brotar esas palabras, ya partidos a bofetadas y agrietados por una sequedad terrible, pronunciarán desde lo alto de una Cruz el más desconcertante de los gritos: “¡Tengo sed!” … De modo, Señor, que prometiste saciar para siempre el hambre y la sed de quienes creyéramos en ti, y más tarde te mostraste al mundo suplicando una gota de agua… ¿Cómo entonces calmarás mi avidez, si Tú mismo desfalleces sediento y moribundo? No tienes pan ni agua para Ti… ¿Y me los prometes a mí? ¡Quién podrá entenderte, Jesús!
Desde que aceptamos tu Amor, hay tres cosas que no nos han faltado: hambre, sed, y sueño. El hambre y la sed no han sido de comida y agua; gracias a Ti, eso no nos ha faltado hasta ahora. Pero quizás hemos sentido hambre y sed de todo lo demás: de compañía, de cariño, de éxito, de tiempo, de silencio, de consuelos terrenos y, en ocasiones, hasta de una tierra donde echar raíces firmes. En cuanto al sueño, ése es de verdad; apenas he dormido desde que te conocemos … ¡Hay tanto que hacer! Este pobre cuerpo nuestro y este corazón que Tú pusiste en nuestro pecho se quejan día y noche, y es su lamento el eco de tu grito: “¡Tengo sed!”.
Y, sin embargo… Si nos ofrecieran todo lo que nuestro cuerpo y nuestro corazón necesitan para estar satisfechos, uno por uno iríamos diciendo “no” a todos esos consuelos terrenos, del mismo modo que Tú te negaste a apurar el calmante de vino con mirra que te ofrecieron antes del suplicio de la Cruz. Desde luego, somos débiles y pecadores, y en cualquier momento podríamos hacer cualquier locura y tirar nuestro Tesoro por la borda …
Mientras te miramos a los ojos, podemos decirte que preferimos compartir tu sed a saciar la nuestra… Hemos mirado hacia atrás, y nos hemos sorprendido: hace años teníamos miles de planes, millones de proyectos, infinidad de ilusiones para esta vida. Sin embargo hoy, Jesús, podemos decirte que no tenemos el más mínimo deseo para los años que vivamos en la tierra: deseamos que seas amado en todos los corazones, deseamos que tu Luz ilumine a todas las almas… Deseamos, por encima de todo, hacer tu Voluntad, sea la que sea. Tu hambre y tu sed son nuestros tesoros aquí abajo, y si la Eucaristía nos deja tan hambrientos, somos capaz de abrazar esa hambre con todas nuestras fuerzas y considerarnos los más dichosos del mundo…
“Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed”… Te tenemos en María, tu madre y la nuestra. No queremos nada más.
By Ermita Virgen del Puerto Madrid RíoMARTES III PASCUA
San Juan 6, 30-35
Confesión de amor
“Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed”… Apenas unos meses antes, había dicho Jesús a la mujer samaritana: “El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás”. Hasta aquí, todo está claro. Pero, no mucho tiempo después, los mismos labios del Maestro que dejaron brotar esas palabras, ya partidos a bofetadas y agrietados por una sequedad terrible, pronunciarán desde lo alto de una Cruz el más desconcertante de los gritos: “¡Tengo sed!” … De modo, Señor, que prometiste saciar para siempre el hambre y la sed de quienes creyéramos en ti, y más tarde te mostraste al mundo suplicando una gota de agua… ¿Cómo entonces calmarás mi avidez, si Tú mismo desfalleces sediento y moribundo? No tienes pan ni agua para Ti… ¿Y me los prometes a mí? ¡Quién podrá entenderte, Jesús!
Desde que aceptamos tu Amor, hay tres cosas que no nos han faltado: hambre, sed, y sueño. El hambre y la sed no han sido de comida y agua; gracias a Ti, eso no nos ha faltado hasta ahora. Pero quizás hemos sentido hambre y sed de todo lo demás: de compañía, de cariño, de éxito, de tiempo, de silencio, de consuelos terrenos y, en ocasiones, hasta de una tierra donde echar raíces firmes. En cuanto al sueño, ése es de verdad; apenas he dormido desde que te conocemos … ¡Hay tanto que hacer! Este pobre cuerpo nuestro y este corazón que Tú pusiste en nuestro pecho se quejan día y noche, y es su lamento el eco de tu grito: “¡Tengo sed!”.
Y, sin embargo… Si nos ofrecieran todo lo que nuestro cuerpo y nuestro corazón necesitan para estar satisfechos, uno por uno iríamos diciendo “no” a todos esos consuelos terrenos, del mismo modo que Tú te negaste a apurar el calmante de vino con mirra que te ofrecieron antes del suplicio de la Cruz. Desde luego, somos débiles y pecadores, y en cualquier momento podríamos hacer cualquier locura y tirar nuestro Tesoro por la borda …
Mientras te miramos a los ojos, podemos decirte que preferimos compartir tu sed a saciar la nuestra… Hemos mirado hacia atrás, y nos hemos sorprendido: hace años teníamos miles de planes, millones de proyectos, infinidad de ilusiones para esta vida. Sin embargo hoy, Jesús, podemos decirte que no tenemos el más mínimo deseo para los años que vivamos en la tierra: deseamos que seas amado en todos los corazones, deseamos que tu Luz ilumine a todas las almas… Deseamos, por encima de todo, hacer tu Voluntad, sea la que sea. Tu hambre y tu sed son nuestros tesoros aquí abajo, y si la Eucaristía nos deja tan hambrientos, somos capaz de abrazar esa hambre con todas nuestras fuerzas y considerarnos los más dichosos del mundo…
“Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed”… Te tenemos en María, tu madre y la nuestra. No queremos nada más.