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MARTES V PASCUA
5 DE MAYO
San Juan 14, 27-3-Ia
No estamos solos
San Pablo no lo tuvo nada fácil. Nos dice, de entrada, que algunos judíos lo
apedrearon hasta darlo por muerto. Sabemos que esta fue una de las muchas
persecuciones que pasó. El mismo recordará, para defenderse de quienes
criticaban su apostolado, todo lo que había padecido por Jesucristo: azotes,
persecuciones, naufragios, cadenas…
Sin embargo, cuando estaba tendido, casi muerto: “Entonces lo rodearon los
discípulos; él se levantó y volvió a la ciudad”. Aunque desconocemos los detalles,
vemos que se puso en pie al estar rodeado de los discípulos, es decir, de los que
compartían con él la fe y el amor por el Señor. Aparentemente estaba perdido, pero
el reencuentro con la Iglesia le da nuevas fuerzas, al punto de que puede regresar a
la ciudad de la que había sido expulsado.
Encontramos también a los discípulos cuando Pablo regresa a Antioquía. Desde allí
había partido para evangelizar y allí vuelve. Nos dice el libro de los Hechos que “se
quedaron allí bastante tiempo con los discípulos”. Parten de la comunidad y
vuelven a ella. San Pablo, que tanto nos ha enseñado sobre el misterio de la Iglesia,
la vive en todos sus aspectos. Es confortado por la comunidad, y también la ayuda
a crecer con su labor misionera. Y, cuando ha realizado su misión regresa con los
suyos para que juntos puedan alegrarse y dar gracias a Dios por los progresos del
evangelio. El hecho de que se quedara bastante tiempo allí nos indica también que
experimentaba el bien que le hacía estar con otros cristianos celebrando la fe e
intercambiando, como él diría, dones espirituales.
San Pablo fue intrépido, pero no alguien que se creyera que podía trabajar al margen
de la Iglesia. Para nosotros su vida es una enseñanza. Nos recuerda el arrojo que
hemos de sentir para anunciar el Evangelio.
Con la Virgen no estamos solos, sino vinculados, por Jesucristo, a toda la Iglesia,
con la que vivimos la fe.
By Ermita Virgen del Puerto Madrid RíoMARTES V PASCUA
5 DE MAYO
San Juan 14, 27-3-Ia
No estamos solos
San Pablo no lo tuvo nada fácil. Nos dice, de entrada, que algunos judíos lo
apedrearon hasta darlo por muerto. Sabemos que esta fue una de las muchas
persecuciones que pasó. El mismo recordará, para defenderse de quienes
criticaban su apostolado, todo lo que había padecido por Jesucristo: azotes,
persecuciones, naufragios, cadenas…
Sin embargo, cuando estaba tendido, casi muerto: “Entonces lo rodearon los
discípulos; él se levantó y volvió a la ciudad”. Aunque desconocemos los detalles,
vemos que se puso en pie al estar rodeado de los discípulos, es decir, de los que
compartían con él la fe y el amor por el Señor. Aparentemente estaba perdido, pero
el reencuentro con la Iglesia le da nuevas fuerzas, al punto de que puede regresar a
la ciudad de la que había sido expulsado.
Encontramos también a los discípulos cuando Pablo regresa a Antioquía. Desde allí
había partido para evangelizar y allí vuelve. Nos dice el libro de los Hechos que “se
quedaron allí bastante tiempo con los discípulos”. Parten de la comunidad y
vuelven a ella. San Pablo, que tanto nos ha enseñado sobre el misterio de la Iglesia,
la vive en todos sus aspectos. Es confortado por la comunidad, y también la ayuda
a crecer con su labor misionera. Y, cuando ha realizado su misión regresa con los
suyos para que juntos puedan alegrarse y dar gracias a Dios por los progresos del
evangelio. El hecho de que se quedara bastante tiempo allí nos indica también que
experimentaba el bien que le hacía estar con otros cristianos celebrando la fe e
intercambiando, como él diría, dones espirituales.
San Pablo fue intrépido, pero no alguien que se creyera que podía trabajar al margen
de la Iglesia. Para nosotros su vida es una enseñanza. Nos recuerda el arrojo que
hemos de sentir para anunciar el Evangelio.
Con la Virgen no estamos solos, sino vinculados, por Jesucristo, a toda la Iglesia,
con la que vivimos la fe.