Fecha de nacimiento: 13 de enero de 1971
Lugar de nacimiento: Guadalajara, Jalisco, México
Padres: Mtro en Letras José de Jesús Vázquez Hernández oriundo de San Ignacio Cerro Gordo y Carolina Ortiz Castro, de Uruapan, Michoacán
Soy la mayor de 3 hermanas: Teresita Guadalupe Vázquez Ortiz y Lourdes Carolina Ortiz Castro.
Mis hijos: Alberto, Leonardo, Aranza y Leo.
Mi carrera: Informática.
Buenas días, mi nombre es Betty y soy una persona que reacciona emocionalmente. Luchando día con día por alcanzar, alguna vez en mi vida, la añoranza de estar y ser verdaderamente una persona sobria. Y digo sobria, porque en lo general y malamente, utilizamos las palabras sobriedad y humildad con una facilidad, siendo que éstas, muchos de nosotros jamás podremos alcanzarlas en su plenitud.
Hoy quiero escribir esta carta, porque divago mucho en mis pensamientos, y es de suma dificultad para mí aún ver el interior de mi corazón, de mi vida, de mi presente, pero sobre todo, de mi pasado…
Y al mismo tiempo, quiero con mi propia vida, invitarlos a hacer una honesta y verdadera reflexión primeramente de quiénes somos. Para lo cual los invito a invocar al Espíritu Santo y sea éste quien obre en nuestro corazón y permita que veamos con claridad nuestro interior. Y a mí poder llegar a sus corazones como instrumento de aliento para quienes como yo deseamos una mejor vida.
¿Quién soy yo?
La Biblia dice:
“No os engañéis; Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.”
Como podrán ver, mi apariencia pudiera expresar que soy una mujer que ha luchado, que ha triunfado por el simple hecho de haber logrado la abstinencia por tal o cual tiempo, al menos por hoy; sin embargo, a estas alturas puedo decir que ni yo misma me conozco y aún no encuentro en su totalidad esa bondad tan grande que Dios nos otorgó a todos los seres humanos y que es LA PAZ. La paz conmigo misma.
¿Quién soy yo? es probablemente la pregunta más desconcertante, profunda, difícil, emocionante e interesante que me he podido hacer a lo largo de esta difícil y trascendental tarea de ser mujer de bien. La simple pregunta me trae una profunda inquietud y ansiedad que hace revolotear dentro de mí, millones de demonios que aún permean en mis pensamientos y actitudes.
Quiero comenzar contándoles que a lo largo de mis 44 años de edad, puedo definirme como una mujer, hija, madre, hermana y amiga que carga en su espalda miles de resentimientos esperando por ser desalojados de su corazón, que nació en el seno de una familia llena de valores y grandes mentes. De religión católica y costumbres 100% mexicanas. Nací en un entorno en donde las buenas costumbres y los buenos modales eran primordiales en el desarrollo de mi vida debido a las enseñanzas de mis padres y su ardua tarea de inculcarnos tanto a mí, como a mis hermanas, en la medida de lo posible, todo lo material y epiritualmente, podrían habernos dado.
Tuve una infancia inmensamente feliz. Incluso aún con la esquizofrenia con la que he luchado desde mis 7 años de edad. No puedo culpar a mi infancia como motivo de mis excesos por la vida, puesto que nunca me faltó nada: Estudios (en los que sobresalí siempre por encima de muchos otros). Comida (que siempre por la pronta y responsable provisión de mi padre, mi madre como buena administradora siempre nos tuvo y nos tiene en la mesa, el mejor de los manjares). Techo (Porque jamás me faltó una cama, una cobija, y un lugar donde resguardarme: un hogar). Tiempo de calidad (porque a pesar de que mis padres trabajaban, en su tiempo libre y especialmente mi padre fueron totalmente amorosos). Lujos (siempre bien vestidas, calzado, juguetes, salidas al cine, al parque y todo aquello que muchos niños pudieron envidiarnos en su momento). Una familia unida (porque siempre pude contar con su apoyo aún en mis peores momentos).
En mi adolescencia, y como su nombre lo dice, fui en verdad una adolescente, pues comencé a adolecerme por todo cuanto tenía que ver con reglas, obligaciones y responsabilidad, lo que ya daba los primeros indicios de una vida llena de excesos sin limitación. En ese tiempo físicamente era yo una adolescente que gozaba de un cuerpo sano y fuerte, pues el deporte del básquet bol se había convertido ya en mi pasatiempo preferido. Sin embargo, y por rebeldía, comencé ahí con el primero de mis pecados capitales, y al cual hago hincapié porque ese, justamente fue la razón de todas las malas decisiones que comencé a tomar a lo largo de mi vida y que se llama “soberbia”. Uno de los pecados capitales más importantes y más serios. Pues éste daría cabida a los 6 restantes según las enseñanzas morales que mi religión me aportó y que se caracteriza por el deseo y convicción de ser más importante y mejor que los demás, adoptando una confianza extrema de mí misma y que pronto daría entrada a la vanidad.
Luego vino lo demás… El éxito, la gloria de un trabajo bien remunerado con base en el esfuerzo. Los logros alcanzados y al mismo tiempo la decepción amorosa, que me dejó por legado mi primer y mayor triunfo… Alberto, el primogénito en mi vida, mi hijo. Así, llena de soberbia, creyendo con el brío de la juventud que podría hacer y deshacer en una libertad que poco a poco se convirtió en un libertinaje del cual pensé, con todo el rigor de la vanidad y la soberbia, que yo podría medir a mi antojo, haciendo de mi vida el molde perfecto para las tentaciones más fuertes que pronto llegarían a golpearme hasta sangrar.
Se preguntarán, qué es lo que nos importa de esta charla, en realidad no es mi vida lo que quiero y vengo a poner en debate, sino la experiencia propia de un ente que aún teniéndolo todo, cayó en la triste cuenta de que padecía una de las enfermedades más mortales del ser humano: La adicción.
Y así fue que sin pensarlo, perdí todo lo material, pero aún más doloroso, me solté de la mano de Dios sintiéndome diosa y perdí lo más valioso, perdí el alma.
Aquélla soberbia, aquella vanidad con la que mi juventud veía la vida y lo pisoteaba todo, se convirtieron poco a poco en las más despreciables y crueles enemigas de mi vida.
Comencé un camino lleno de falsas amistades y dejé de lado el único amor verdadero que uno puede tener, la familia. No me importó el llanto de mi madre, el dolor de mi padre, la impotencia de mis hermanas, el amor de mi hijo y me hice como amante al más seductor de todos los vicios: La piedra base, que como su nombre lo indica, fue la base de todos mis males y la piedra más pesada sobre mi espalda.
El resultado, ni se los explico. La locura, la avaricia, la ira, la envidia, la gula y sobre todos los pecados, la lujuria.
La baja autoestima, la manipulación, la mentira, el drama, la falta de fe, la cansada decepción, el enamoramiento falso, la falta de dignidad propia, el alejamiento de Dios y un constante renegar de mi fe cuestionándolo todo y culpando a Dios por todo y cuanto me sucedía, al grado de invocar al mismísimo demonio rojo para que viniera en mi ayuda equivocadamente, se convirtieron en mi diario vivir los compañeros de una película de la cual todos eran protagonistas de un solo destino: La muerte de mi alma en vida.
Cansada ya y con la ayuda de la siempre bendición de mis padres, que aún no sabiendo de mí, me acompañó en este oscuro caminar, como luz que alumbra mi camino, resurgí de las cenizas a una nueva oportunidad.
Y heme aquí que estoy presente, con vida, con el apoyo de mis padres, madre ya de cuatro hijos y con el apoyo de un grupo en el cual dejé 2 años de mi vida, quizá los más provechos, los más productivos, los más difíciles pero los más atesorados porque ahí me di cuenta que como yo, somos pocos los que aún tenemos la oportunidad de estar vivos.
El “para qué” eso es algo que aún no logro descifrar, pero en ese intervalo de dos años, pude darme cuenta de nuevo que Dios tenía reservado algo para mí, pues me había dejado vivir a pesar de todo mal y Dios no se equivoca!!
“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay. Voy a preparar lugar para vosotros y volveré y os llevaré allí”. Juan 14.
Y ahora, quiero decirles que el mundo no ha dejado de ser el mismo. Que la gente sigue siendo igual. Que mi familia es la de siempre. Que yo sigo luchando con un sinfín de demonios, que nada se volvió más fácil o difícil, que aún no he podido cambiar el mundo, que aún ciertos resentimientos se empeñan en aferrarse a mi vida. Sólo que ahora veo las cosas con más claridad.
Ahora agradezco cada migaja de pan. Ahora me doy cuenta de que nadie es más ni menos y que cuando menos pensamos, todos somos mucho más. Que en esta enfermedad no cuenta si tienes mucho o poco, si eres blanco o negro, pequeño o grande, joven o viejo, hombre o mujer.
Ahora comprendo que cuando te sueltas de tu Dios, como quiera que lo llames, que cuando dejas de creer, que cuando dejas de soñar, de sentir amor, de arriesgarte a una nueva vida, de no ver en ti tu propia salida… cuando dejas de dolerte por el sentimiento de tu prójimo, ahí en ese breve espacio puedes dejar también la vida.
Ahora vivo sin pasado a menos que este me dé el aliento para seguir caminando. Ahora me doy cuenta de que el perdón es lo más importante que podemos tener como arma para recobrar los buenos sentimientos. Que ser humilde significa más que un “Te echo humildad” para esconder la soberbia, que ser humilde es reconocer ante Dios y el mundo que erré en el camino y sin hacer ruido corregir el presente. Ahora simplemente quiero vivir no para que el mundo me aplauda, sino para que mi ausencia se note…
Porque hoy día tenemos no una epidemia, sino una pandemia de problemas psiquiátricos causados por vivir una vida ignorando las leyes de Dios.
Ahora sé que necesitamos más que una píldora para los problemas de adicción en los que se encuentra el ser humano… que pueden ser la pérdida de todos sus ahorros en la crisis económica, la mujer que ha sido abandonada por su marido y no encuentra salida para salir adelante en el sustento de sus hijos, para el hombre que maquina por la noche en su cama cómo va a vengarse del que es responsable de sus problemas…
Necesitamos paz, y esa paz interior que sobrepasa los límites del entendimiento y que sólo y exclusivamente viene a nosotros con la ayuda del Espíritu Santo es la paz que únicamente se encuentra en el abrazo de Dios.
Beatriz Vázquez.
05/02/2015
Yo soy parte de una familia.
Yo soy el resultado de mi educación.
Yo soy el conjunto de mis pensamientos.
Yo soy el conjunto de mis defectos.
Yo soy mis rutinas.
Yo soy madre padre, ama de casa .
Yo soy alguien que aspira a una mejor vida.
Yo soy un conjunto de valores.…
Yo soy amor…
Yo soy espíritu.....
Yo soy misterio..
Simplemente yo soy Betty