La comunicación digital genera un nuevo gregarismo masivo, diferente al de la comunicación de masas: la analógica. A diferencia de esta en la que el receptor era un sujeto pasivo y anónimo, en la comunicación digital el destinatario adquiere una identidad cada vez que interactúa en la red de comunicación global que es internet. Este hecho, unido al poder que las redes digitales le otorgan para crear sus propios canales de recepción y distribución de contenido, le llevan a la falsa idea de tener una nueva libertad individual para hacer y decir, sin caer en la cuenta de que en realidad se convierte en un agente más de un nuevo orden global y masivo en el que su identidad individual se difumina en una infinitud de mensajes sin verosimilitud ni crédito, por estar basados en la opinión valorativa y no en los hechos objetivos. La identidad del usuario se pierde así en un océano de opiniones y se olvida que el sentido de la comunicación digital no es la permanente valoración de la realidad, sino el intercambio de saber y conocimiento.