El aburrimiento es un estado de ánimo que nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida, cuando las cosas no salen como queremos, esperamos o deseamos. O cuando sentimos que el mundo se confabula contra nosotros. O cuando, como ahora y por mor de un virus, nos vemos obligados a estar muchas horas con nosotros mismos, sin los estímulos y compromisos sociales con los que de común llenamos nuestro tiempo. Horas que puede hacerse eternas y desasosegantes si estamos a la espera de que desde el exterior nos llegue ese estímulo que nos saque de este tiempo muerto; que nos impide ver que el aburrimiento, si no se eterniza, no es malo; sino un reto con nosotros mismos para realizar un ejercicio introspectivo que de común no hacemos. Ejercicio sin engaños que nos permitirá descubrir aspectos de nuestra personalidad desconocidos u olvidados, y capacidades escondidas e impensables que nunca vemos o siempre aparcamos, que nos aportarán nuevas ilusiones. Es así como el aburrimiento adquiere su verdadero potencial como impulso a probar cosas nuevas que nos rearma para seguir viviendo.