Me gusta abrazar, me gusta cuidar, mimar y sentir. No es una estrategia premeditada para hacerte feliz, no estoy jugando a enamorarte y que entonces me conozcas a mí. Quizá el exceso de sentimientos me la juegue más veces de las que juega conmigo, pero no lo puedo evitar, soy así. Mis manos no están vacías por el placer de rechazar, están tranquilas junto al poder de esperar. Nunca les has gustado regalar caricias en vano, esa es mi mayor virtud, y mi peor debilidad. No tengo miedo a la soledad, pero como ya he dicho, me gusta abrazar, cuidar, mimar y sentir, y la soledad acoge otras sensaciones, pero ninguna es así. Nunca seré un cabrón porque me guste sorprenderte, complacerte y hacerte feliz, al final tu felicidad, se refleja en mí, y cada pequeño gesto, es a mi sonrisa donde viene a morir. Porque si yo preparé la cena, tú estabas sentada a mi lado en la encimera, y yo sonreí. Porque si este sábado quiero quedarme en casa contigo y no salir, fue por esa charla interminable, las risas inconscientes, los polvos insaciables, cada caricia en tu espalda hasta verte dormir, que yo sonreí. Porque no busco convencerte, tan solo hacerte feliz. Porque no tienes que pedirme que te abrace, que te mime, ni que te cuide, porque ya sale de mí, porque me hace sentir, y si consigo el bendito milagro de enamorarte, tan solo encontrarás, casi sin esperarlo, que aunque era improbable, para que tu corazón me aceptase, nunca tuve que fingir. Y este depravado que se esconde tras un moñas incansable, también será para ti. Y ahí es donde llega la sorpresa, porque cariño, ya te dije que tu felicidad me hace feliz, así que compra juanolas, porque te vas a destrozar la garganta de gemir y reír. Porque me gusta abrazar, mimar, cuidar y sentir, pero hay tiempo para todo. "Te espero en la cocina, hay un hueco en la encimera para ti".
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