Serie producida por Radio Bolivariana y el equipo de Vicerrectoría Pastoral de la Universidad Pontificia Bolivariana. Edición: Universo impersonal
Esta semana pasada he tenido en mi oficina a tres jóvenes,
todos ellos menores de veinte años, y cada uno de ellos me
ha expresado, a su manera, su visión de la vida. Me han
dicho que encuentran la vida deprimente, triste, carente de
todo interés. ¿A qué se debe esto? ¿No es acaso el resultado
de una filosofía muy extendida en nuestros días de que
vivimos en un universo impersonal, que no es otra cosa que
una gran máquina, sin remordimiento, que nos obliga
irremisiblemente a obedecer leyes, como diminutas criaturas
humanas o pigmeos pasajeros? ¿De dónde surgió semejante
idea? ¿No tiene su origen en que hayamos entronizado con
entusiasmo a la ciencia incrédula como si de un dios se tratase?
No cabe duda de que todos le debemos mucho a la verdadera
ciencia. Las comodidades y lujos de los que presumimos,
incluso nuestras necesidades, están a nuestro alcance gracias
a ella, pero la ciencia se halla en grave peligro de ser exaltada
a los ojos de muchos como si se tratase de un dios. Le hemos
erigido un altar a la ciencia y hemos quemado incienso ante él,
pero el problema de este dios es que es hueco, no tiene corazón,
ni entrañas ni compasión. La ciencia no puede sentir, ni reír ni
mostrar compasión, solamente puede analizar, medir, pesar
diseccionar y especular.
Y el universo que contemplamos a través de los ojos de ese
dios resulta igualmente impersonal, frío, implacable y distante.
Pero que no se nos engañe, porque «El destino del ser humano
sin su referencia a Dios - como diría Benedicto XVI- no puede ser
sino la desolación de la angustia que conduce a la desesperación».
Ray Stedman