¡El Espíritu Santo no es una paloma! Aunque así se le ha
representado es, a lo sumo, un bello símbolo de la paz, y
nada más. El Espíritu Santo es la tercera Persona de la
Trinidad Santísima y Dios verdadero. En los Hechos de los
Apóstoles se nos narra que el Espíritu Santo bajó del cielo
"en forma de un viento impetuoso que soplaba". ¡Otra
imagen! El mismo Cristo usa también la imagen del viento
para hablarnos del Espíritu Santo: "Jesús sopló sobre ellos y
les dijo: Reciban el Espíritu Santo". La palabra espíritu significa
viento: procede del latín, spíritus (del verbo spiro, es decir soplar).
El libro del Génesis nos narra: "le sopló en las narices y así se
convirtió en un ser vivo”. Sin el aliento vital nada existe. Por eso,
en la profesión de fe, decimos que "creemos en el Espíritu Santo,
que es Señor y Dador de vida". Él es el Espíritu que da vida, alienta
todo y "anima" todo. También se nos presenta con la imagen del
fuego que es el símbolo de la luz, del calor, de la energía cósmica,
de la fuerza. El Espíritu Santo es todo eso: el fuego de la fe, del amor,
de la fuerza y de la vida. Pero el Espíritu Santo es, sobre todo, DIOS.
Es el Dios-Amor en Persona, que une al Padre y al Hijo en la intimidad
de su vida divina por el vínculo del amor, que es Él mismo. Vive dentro
de nosotros. Podemos decir que una persona que amamos vive dentro
de nosotros por el amor. Y si esto es posible en el amor humano, con
mucha mayor razón lo es para Dios. El Espíritu Santo y la Trinidad
Santísima viven dentro de nosotros por el amor, la fe, la vida de gracia,
los sacramentos y las virtudes.
Es el Espíritu Santo el "dulce Huésped del alma".
P. Sergio Cordova LC