La meditación invita a acoger la Palabra de Dios con un corazón disponible, evitando la superficialidad, la inconstancia y el ahogo de las preocupaciones. Dios siembra siempre con generosidad; el fruto depende del terreno interior. En la vida ordinaria, con perseverancia y ayuda de María, estamos llamados a ser tierra buena que dé fruto abundante.