La política económica, formulada por los políticos, se engulle de un solo bocado a la economía política, formulada por los economistas. En consecuencia, los pronósticos (fantasía) elaborados con minucioso análisis en el escritorio son desvirtuados por quienes están en la ejecución (la realidad) de las variables macroeconómicas. Los políticos sufren la realidad en sus múltiples dimensiones y acaban actuando en función de las acciones y reacciones de los afectados por esas decisiones. Por eso resulta difícil que se cumplan los pronósticos, casi imposible. La realidad se impone a la fantasía. Los pronósticos sólidos son necesarios, pero requieren ajustes.