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MIÉRCOLES V PASCUA
6 DE MAYO
San Juan 15, 1-8
Los frutos y la ascesis
El hecho de dar fruto no nos exime de una entrega mayor ni supone para nosotros
un merecido descanso. Bien al contrario, injertados en Cristo, viviendo de Él, como
hace el sarmiento con la vid, en la medida en que damos fruto, Dios nos va puliendo
para que podamos dar más. Las maneras cómo eso pueda darse son distintas, pero
todas hacen referencia a lo mismo: hemos de purificarnos para que nuestra entrega
al Señor sea cada vez más plena. En ese aspecto es muy importante la ascesis.
La palabra ya resulta algo incómoda para los oídos. Porque ascesis suena a
esfuerzo, a renuncia, a trabajo… Pero la necesitamos. Sin ella nos sería difícil tratar
adecuadamente las cosas, nos costaría ser generosos con los demás y no
estaríamos dispuestos a vivir totalmente para Dios.
Ahora bien, la ascesis parte de un hecho: somos sarmientos unidos a Jesucristo.
Nuestra vida y nuestro fruto, como sucede en la vid, dependen totalmente del
Señor. Nosotros procuramos no poner impedimentos a su gracia y secundarla. La
ascesis desbroza el camino poniéndonos en sintonía con el amor preveniente de
Dios. Si esto se olvida convertiríamos nuestra vida en un esfuerzo para ser buenos,
pero olvidando que la santidad nos es dada por Dios, quien nos la comunica
gratuitamente. Eso era lo que pensaban los pelagianos (puro voluntarismo), que
convirtieron el cristianismo en una gimnasia y se volvieron orgullosos porque
miraban su esfuerzo y no lo que Dios les daba.
Dice Jesús que, para poder dar fruto hemos de permanecer en Él. Esto ilumina la
ascesis. Aquello de lo que nos privamos, o los ejercicios que hacemos para cuidar
nuestro interior, buscan principalmente permanecer en Él. Por eso toda renuncia y
sacrificio se ordena a estar con Jesús. Lo que parece una renuncia es una elección.
Toda ascesis no se fundamenta en lo que no queremos, sino en lo que amamos,
que es el Señor.
Que María no enseñe el camino para poder gozar siempre de la dicha de Jesús.
By Ermita Virgen del Puerto Madrid RíoMIÉRCOLES V PASCUA
6 DE MAYO
San Juan 15, 1-8
Los frutos y la ascesis
El hecho de dar fruto no nos exime de una entrega mayor ni supone para nosotros
un merecido descanso. Bien al contrario, injertados en Cristo, viviendo de Él, como
hace el sarmiento con la vid, en la medida en que damos fruto, Dios nos va puliendo
para que podamos dar más. Las maneras cómo eso pueda darse son distintas, pero
todas hacen referencia a lo mismo: hemos de purificarnos para que nuestra entrega
al Señor sea cada vez más plena. En ese aspecto es muy importante la ascesis.
La palabra ya resulta algo incómoda para los oídos. Porque ascesis suena a
esfuerzo, a renuncia, a trabajo… Pero la necesitamos. Sin ella nos sería difícil tratar
adecuadamente las cosas, nos costaría ser generosos con los demás y no
estaríamos dispuestos a vivir totalmente para Dios.
Ahora bien, la ascesis parte de un hecho: somos sarmientos unidos a Jesucristo.
Nuestra vida y nuestro fruto, como sucede en la vid, dependen totalmente del
Señor. Nosotros procuramos no poner impedimentos a su gracia y secundarla. La
ascesis desbroza el camino poniéndonos en sintonía con el amor preveniente de
Dios. Si esto se olvida convertiríamos nuestra vida en un esfuerzo para ser buenos,
pero olvidando que la santidad nos es dada por Dios, quien nos la comunica
gratuitamente. Eso era lo que pensaban los pelagianos (puro voluntarismo), que
convirtieron el cristianismo en una gimnasia y se volvieron orgullosos porque
miraban su esfuerzo y no lo que Dios les daba.
Dice Jesús que, para poder dar fruto hemos de permanecer en Él. Esto ilumina la
ascesis. Aquello de lo que nos privamos, o los ejercicios que hacemos para cuidar
nuestro interior, buscan principalmente permanecer en Él. Por eso toda renuncia y
sacrificio se ordena a estar con Jesús. Lo que parece una renuncia es una elección.
Toda ascesis no se fundamenta en lo que no queremos, sino en lo que amamos,
que es el Señor.
Que María no enseñe el camino para poder gozar siempre de la dicha de Jesús.