Pastor Eduardo Díaz

Ministración Celestial


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Mateo 4:11

Mateo concluye su relato de la tentación de Cristo con un breve comentario: «El diablo entonces le dejó; y he aquí, ángeles vinieron y le servían». ¿Qué luz nos arroja este final acerca de los períodos de prueba en nuestra vida? ¿Por qué necesitaría Cristo el servicio de los ángeles?

El salmista afirma que «los que siembran con lágrimas, segarán con gritos de júbilo. El que con lágrimas anda, llevando la semilla de la siembra, en verdad volverá con gritos de alegría, trayendo sus gavillas» (126:5–6). El contexto de esta poesía es el incontenible júbilo de los que habían regresado del cautiverio, cuyas bocas se llenaron de risa, mientras daban gritos de alegría (2). Los tiempos de prueba son duros de sobrellevar pero, eventualmente, llegan a su fin y emprendemos otra vez el camino de la vida, fortalecidos por la experiencia que nos ha tocado atravesar.

El privilegio de aquellos que aman al Señor es que él mismo se encarga de restaurar nuestras vidas. Así lo experimentó Elías en el desierto, completamente fatigado y desanimado. Dios se ocupó de darle agua y pan, mientras dormía durante gran parte del día para recuperar sus fuerzas. También el Cristo, según el relato de Juan 21, se acercó a Pedro, el mismo que lo había negado, y compartió con él su desayuno. Luego le ministró con sus palabras para animarlo a retomar el proyecto para el cual había sido llamado. Estas escenas revelan el lado más tierno del corazón de nuestro buen Padre celestial.

Es interesante observar que el Cristo ahora disfruta de aquel privilegio que no quiso tomar cuando el diablo se lo sugirió. En la segunda tentación lo había invitado a que, echando mano de su privilegio como Hijo, exigiera a Dios que lo cuidara, «porque Él dará órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te guarden en todos tus caminos» (Salmos 91:11). Jesús rechazó la propuesta porque el Hijo de Dios se mueve en una actitud de sumisión y reverencia que no deja lugar para reclamos ni exigencias. Entiende que Dios siempre se ocupará de velar por sus necesidades y, en el tiempo oportuno, intervendrá para poner fin a la prueba por la que atraviesa. Y así fue. Habiendo el Cristo optado por la sumisión absoluta a su Padre en la intensa prueba, ahora disfruta del tiempo de la restauración. El Señor envía a sus ángeles para que le provean todo lo que le falta, para que recupere sus fuerzas y sea completamente restaurado.

Esta es también nuestra confianza. Junto al salmista afirmamos: «su ira es sólo por un momento, pero su favor es por toda una vida; el llanto puede durar toda la noche, pero a la mañana vendrá el grito de alegría» (30:5).

«Señor, bendigo tu nombre porque tú siempre obras a mi favor. Aún en medio de las más intensas pruebas confío en que tu buena mano dirige mi vida y que, cuando haya pasado la tormenta, volveré a disfrutar en toda su plenitud la vida que tú me ofreces. Dame la gracia de moverme siempre con esta convicción, de manera que, en tiempos difíciles o tiempos apacibles, pueda declarar: ¡Bendito sea el nombre de mi Señor!»

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Pastor Eduardo DíazBy Eduardo Díaz