Bienvenidos a Misterios Ocultos. Soy Alejandro Luna. Hoy subimos en ascensor a un piso intermedio del Hotel President, en Kansas City. Es enero de 1935. El pasillo huele a cera de piso y a cigarro reciente. Una puerta oscura, un número: 1046. Adentro, un hombre que prefiere la penumbra.
Se registró como Roland T. Owen, de Los Ángeles. Traía casi nada: un peine, un cepillo, pasta dental. Pidió una habitación interior, sin vistas. Cuando la camarera, Mary, entró por primera vez, encontró la lámpara apagada, las cortinas cerradas, al huésped sentado a la sombra, como si la luz lo incomodara. Una voz cortés, los modales medidos. “Deje la puerta sin llave, espero a alguien”, dijo. Un nombre flotaba como un anzuelo en sus frases: Don.
Durante dos días, la puerta del 1046 fue un péndulo de visitas discretas. Mary entraba con toallas; a veces hallaba a Owen inmóvil en la oscuridad, encendiendo un fósforo para guiarla. El teléfono sonaba y él respondía en voz baja: “No, Don… no tengo hambre… no, no beberemos”. Otra tarde, cuando llevó más toallas, escuchó dos voces detrás de la puerta. Una de ellas no era la de Owen. “No necesitamos nada”, dijo el desconocido. El pestillo seguía puesto desde fuera, como si quien había salido hubiera cerrado la puerta… dejando a alguien adentro.
El 4 de enero, de madrugada, la central telefónica detectó que el auricular del 1046 estaba descolgado. Un botones subió a revisar. Llamó. Silencio. Abrió con llave maestra. La habitación estaba negra, como siempre. Alcanzó la mesa, colgó el teléfono y, a la tenue luz del pasillo, distinguió una figura sobre la cama. Pensó que el huésped dormía, borracho quizá. Cerró y se fue.
Horas después, el teléfono volvió a quedar colgado. Subió otro botones. Esta vez, empujó la puerta y notó algo distinto en el aire: una quietud tensa, un olor metálico. Encendió la luz. Vio a Owen arrodillado, sujeto apenas al borde de la cama, como si un hilo invisible lo sostuviera. Estaba herido. La escena, fría y opaca. “¿Quién hizo esto?”, preguntó el botones. Owen abrió los labios y dijo casi sin voz: “Nadie… me caí”. Cuando llegó la policía, repitió una frase absurda, como si obedeciera un guion: “Me golpeé con la bañera”.
En el escritorio había una nota con letra apretada: “Don: volveré en quince minutos. Espera”. No había equipaje, ni etiquetas en la ropa, ni billetera, ni lapicero, ni siquiera el jabón usual del hotel. Alguien había intentado borrar al huésped hasta de sus objetos.
Owen no sobrevivió. Su nombre, pronto, tampoco. Las huellas no coincidían con ninguna ficha. El cadáver fue velado sin respuestas. Y entonces, el misterio cambió de forma.
Meses más tarde, en otra ciudad, una mujer vio la foto del desconocido en un periódico y supo de inmediato quién era: su hijo, Artemus Ogletree, de Birmingham. Decía haber viajado con un vendedor ambulante. Había salido de casa joven, con ganas de ver mundo. Lo que vino después parece escrito a máquina por una mano nerviosa: la madre empezó a recibir cartas con la firma de Artemus, redactadas con un tono que no era el suyo, con lugares lejanos y frases grandilocuentes. Llamadas telefónicas de un tal “Jordan” —o “Don”— prometiendo que Artemus estaba bien, que se había casado, que pronto mandaría dinero. Nunca ocurrió.
El día del entierro, alguien llamó a la funeraria. Un hombre. Su voz pidió que no se escatimara en flores, que se haría cargo de los gastos. Dijo que Artemus se había metido en un lío con “otra mujer”, que así terminaban esas historias. Llegó un ramo con una tarjeta: “Amor eterno —Louise”. Nadie encontró a Louise. Nadie encontró al hombre del teléfono.
La investigación giró como un ascensor sin destino. ¿Quién era Don? ¿Un cómplice, un amante, un acreedor? ¿Por qué esa vida a oscuras, esas llamadas en murmullo, esas letras arrancadas de la ropa? El cuarto 1046 se convirtió en un escenario con marcas invisibles: un pestillo echado desde fuera, un huésped que insiste en no ver la luz, una nota que promete regresar en quince minutos que jamás llegaron.
El caso se enfrió, pero no se apagó. Cada tanto, reaparecen nombres que podrían ser “Don”, pistas que coquetean con ajustar el rompecabezas y vuelven a esconderse. Hay hipótesis que rozan el mundo clandestino de los años treinta: boxeadores de feria, chanchullos pequeños, triángulos rotos, extorsiones. Ninguna explica el silencio perfecto de ese cuarto.
Imagina por un momento que entras en el 1046: el alféizar polvoriento, la cama estirada como un uniforme, la lámpara siempre apagada, el cable del teléfono colgando, una nota doblada con un nombre propio que se niega a ser persona. Afuera pasa un tranvía, abajo una bocina, dentro el eco de una voz que dice “no beberemos”, que corta el mundo en dos: lo que ocurrió y lo que podemos contar.
A veces, los hoteles guardan historias que no quieren huéspedes: cuartos que fueron teatros de algo que no sabremos. Artemus—Roland—el hombre sin luz—permanece allí, entre la puerta cerrada y la promesa de quince minutos. Y Don, un nombre suelto en el aire, sigue esperando a que alguien lo pronuncie con un rostro.
Gracias por acompañarnos en Misterios Ocultos. Nos vemos en el próximo episodio, cuando otro pasillo nos lleve a una puerta que quizá no deberíamos abrir… y aun así, la abriremos. Buenas noches.