La necedad y la estulticia, siempre presentes en la especie humana, alcanzan un relieve impropio en determinados momentos históricos como el actual. La llegada al poder de personajes que encarnan este carácter nefando en diversos puntos del planeta, EEUU, Brasil o Madrid, confirman que la comunicación digital también globaliza la estupidez, como consecuencia del individualismo narcisista que antepone mi verdad y visión de la realidad, a todo discurso, incluido el científico, que desmienta lo que pienso. Se desarrolla así una patología que debe ser diagnosticada, si quien la sufre influye con sus decisiones en nuestra vida. Porque lo que en un principio hace gracia, por el sinsentido que encierra, tiene consecuencias diabólicas cuando se convierte en base de la acción política. Este es el efecto perverso del discurso de desacreditar el papel de la política que nos conduce a una dictadura democrática, dirigida por personajes que ni tienen conocimiento ni capacidad ni empatía, que nos induce a un entontecimiento destructivo de la sociedad y de la mente